viernes, julio 22, 2005

Niñitas que fuman

Niñitas que fuman
Juan Carlos Plata

Para el De Luna, por la anécdota
y por aparecer “as himself”

I) Poca cosa

¿Qué puede uno pensar cuando una mujer, que se viste con ropa que uno le compra, come comida que a uno le cuesta, vive en una casa que uno construyó, se cuelga en el cuello y en las manos joyas que se pagan con la cuenta de banco de uno, tiene la poca puta madre de decirle a uno que es poca cosa?
¿Poca cosa?, ¿yo soy poca cosa? Puedo ser un pinchurriento asaltante de bancos, no digo que no, pero no soy un poca cosa.
Conocí a la tal mujer en uno de los primeros asaltos, en un Bancomer de avenida Revolución, fue la única vez que estuvimos a punto de valer madre, un pinche policía que estaba arreglando un contacto eléctrico atrás de las cajas, y al que no habíamos amarrado a las macetas del salón, me apuntaba con una pistola que ve tú a saber si servía o no, ella estaba parada junto a mí y lo primero que se me ocurrió fue agarrarla de escudo humano.
Salí del banco abrazado de ella y caminando de espaldas, la subí conmigo al carro que ya nos esperaba en la avenida.
Bonita ella, le vi cara hasta que estábamos en el carro, güerita, de pelo corto, ojos verdes, llevaba pantalones de mezclilla y una blusa amarilla, hasta tuvimos tiempo para platicar, la fuimos a dejar hasta por Indios Verdes, cuando se bajó del carro metí en su bolsa un teléfono celular, para hablarle después.
Nunca he sido carita, la verdad, pero pos uno tiene su público; le hablé en la noche de ese mismo día y aceptó verme, digamos, en otro plan.
Resultó tener 24 años, vendía lencería por catálogo y quería estudiar Psicología pero el varo no le alcanzaba, y desprendido que es uno, me ofrecí a echarle la mano, le pagué los 4 años de la carrera en la Ibero; le compré un carrito, no era de lujo pero era nuevo; renté un departamento para ella, lo amueblé y hasta SKY le puse, además le daba una lana a la semana para que no se distrajera trabajando.
Cuando terminó la carrera, la muy cabrona me dijo que quería estudiar una maestría en Terapia Ocupacional. Mamadas, pretextos para no trabajar. Yo de Terapia Ocupacional no sabía una chingada, pero ahí va don pendejo a pagarle su maestría.
Total que la he mantenido siete años y hoy en la mañana la muy hija de la chingada me sale con que soy un poca cosa.
Poca cosa.
Esa gente que pasa por la escuela se cree mejor que la gente que paga para que ellos pasen por la escuela.
Poca cosa, para mí, que soy un asaltabancos, el “Jarocho” como me dicen mis cuates, es la gente que no sabe ganarse la comida que se traga.

-¿Jarocho?, no te vayas a enojar, mi estimado, pero tus viejas me valen madre. Podemos acabar con nuestro asunto de una vez –interrumpió el tipo vestido de traje y de lentes diminutos.
-Mta madre, seguramente mis problemas te parecen poca cosa, ¿no?
-No, no me parecen poca cosa, me valen madre.
-Okey, a estos pinches gerentitos a los que no se les para el pito nomás quieren hablar de dinero, la viejas ya no les importan –dijo el Jarocho intercambiando una sonrisa burlona con el chaparrito metido a huevo en una playera de los Tiburones Rojos de Veracruz que terciaba la plática.
-Hablamos de dinero porque tenemos, Jarocho, si no tuviéramos hablaríamos de putitas que recogemos en los bancos –reviró el hombre del traje.
-Mira cabrón, no creas que me caes también como para no darte una bola de chingadazos, vine hoy porque tú eres lo suficientemente puto como para no poder hacer algo y quieres que yo lo haga por ti, así que saca la chequera, explícame de que se trata y disponte a gastar un poco de ese dinero que le robas a la gente.
-Mira nada más, el pinche asaltabancos hablando de justicia social. Eres el Robin Hood de la Agrícola Oriental.
-Dime qué quieres que haga, lo hago, me pagas y luego nos vemos para que te rompa la madre –dijo el Jarocho.
-La persona a la que represento quiere que saques a 6 cabrones del bote y los lleves a Cancún
-¿Cuál?
-Reclusorio Oriente, están ahí por pendejaditas como narcomenudeo; los necesitamos afuera para unos negocios.
-¿Para cuándo los quieres en la playa?
-La semana que entra. Ellos ya saben que vas a ir a verlos para ponerse de acuerdo, por mí puedes volar el puto edificio, quiero fuera a esos 6.
-Hecho.

Apenas habían puesto los pies en la calle sonó el celular del Jarocho, éste, sin prisa desenfundó el aparatito, pulsó un botón y gritó:
-Poca cosa tu chingada madre –luego colgó.

II)

La fiesta la organizó el güey que se la había pasado toda la noche contándole a quien se dejara cuántas horas había invertido en su bronceado y que tocaba la guitarra en el grupo.
A las casi 15 chiquillas –que a todas luces querían coger con cualquier cosa que tocara un instrumento musical- las había traído la novia del baterista, que a esas alturas ya estaba bastante peda y que en varias ocasiones había insinuado –a gritos- a la concurrencia que ella si se atrevía a hacer un trío.
En total unas 35 personas en el departamentito que la constructora recomendaba para no más de 5; cerveza para los rudos rockeros, Boones y margaritas para las muchachas de gargantas menos educadas. Big time party, según el único gringo colado.
Nadie lo había visto feo por haber llevado solamente una bolsa de Sabritones, ni nadie le había escatimado las cervezas, aunque él sabía llevaba por lo menos 15 y todavía ninguna de las invitadas había siquiera amagado con sacarse la blusa. La fiesta no estaba mal, pero Eduardo De Luna, Jarocho le decían los que lo conocían –que no pasaban de dos en la fiesta-, ya había optado por sentarse en la silla del rincón, junto a la ventana que daba a la alberca.
Las técnicas antes infalibles para apantallar chiquillas ya fallaban, eran en parte los 27 años, la panza que ya se notaba debajo de la playera de Placebo y que ya en estos tiempos tocar la guitarra y ser asediado por las mujeres nomás es para los guapos y no para los buenos guitarristas. Ahora tocaba turno a la última de las opciones, quedarse callado para hacerse el interesante, que además en medio de tanto ruido tenía buenas posibilidades de rendir frutos.
De Luna había caído por invitación de Joss –seguramente revisando su acta de nacimiento resultaría Juan o José o Josafat-, guitarrista de una pestilente banda de hardcore que tocaba covers de Slipknot y Papa Roach en las tocadas que se organizaban en la región 94, a la vuelta del cuarto que De Luna rentaba, y que se ganaba la vida tocando canciones de Soda Stereo y Enanitos Verdes en los antros de Cancún.
La técnica de emergencia sólo congregó al tal Joss a la silla junto a De Luna.

-¿Qué pedo Jarocho? ¿No mames que te estás aburriendo? –dijo Joss secándose el sudor y cubriéndose la espalda con una toalla.
-No, nomás pensaba cómo caerle a una de las morras y ya te dije que mejor me digas De Luna –respondió Eduardo y de un trago vació la botella de cerveza recorriendo con la mirada todo el departamento.
-¿Quieres que te traiga una? Allá sobran.
-No mames, ¿de plano me veo tan pendejo?
-Danny –grito el rockero y se levantó para tomar del brazo a una de las chavas y traerla hasta ese rincón-, te presento a De Luna, le decimos el Jarocho y toca la guitarra.

Danny resultó ser la más chaparrita de las grupies –no más de 1.50-, pero no por ello la menos buena, antes de que De Luna pudiera saludarla tenía a 5 centímetros de su cara un minúsculo short de mezclilla sin abotonar y con el cierre bajado que se sostenía a presión en las caderas de Danny y dejaba ver unos 4 centímetros cuadrados de una tanga verde y rosa fosforecente que hacía juego con el sostén.

-¿Te dicen el jarocho? -preguntó Danny mientras se agachaba para saludarlo de beso dejando ver tres cuartas partes de un par de senos 34-C, calculó De Luna-, hace no mucho conocí a un tipo apodado igual.
-De Luna me dicen mis cuates, lo de Jarocho fue invento de Joss –respondió De Luna-, ¿quieres algo de beber?
-Algo de fumar, mejor.

De Luna sacó la cajetilla de Marlboro que había escondido durante horas y que había tomado en custodia de la mesa de la cocina, se la dio a Danny, le prendió el cigarro y luego se sentó en el piso, frente a la silla que ahora ocupaba la chiquilla. Joss al ver su trabajo terminado se fue a buscar una chiquilla con la que hablar de sus solos de guitarra.

-¿Y el Jarocho al que conociste traía puesta una playera del Tiburón? –dijo De Luna tratando de iniciar una conversación que fuera a algún lado, sexualmente hablando.
-Él no, su amigo sí, y algo dijeron de que en Veracruz hay que tener una de esas para ocasiones especiales. ¿Tú tienes una?
-Sí, pero tiene una semana en le bote de la ropa sucia.
-¿Cuánto tiempo tiene que llegaste a Cancún? ¿De qué la giras?
-Tres semanas, ando buscando trabajo en cosas de publicidad o de plano formar una banda para tocar en antros.
-No te ofendas, pero a eso viene a Cancún el 80 por ciento de la gente que conozco –dijo Danny prendiendo otro cigarro con la colilla del anterior-.
-Sí, supongo y no me ofendo, de haber sabido que en toda la ciudad no hay drenaje igual ni hubiera venido.
-Tampoco es tan grave, ¿no?, se puede vivir.
-Sí, cuando se tiene trabajo no creo que haya inconveniente, ¿tú estudias?
-No, soy mesera de un bar, tres noches por semana, 150 pesos por noche, que se convierten en 800 con propinas –explicó sonriendo mientras sacaba el tercer cigarro en 5 minutos-.
-Oras, buen pedo. ¿Y siempre fumas tanto?
-Sí, si no me los fumo yo, otro lo hará por mí y de todas formas me hará daño.
-Buen punto, y a todas estas, ¿cuántos años tienes?
-Doce, y a todas estas ¿has tenido sexo anal en una alberca?

III)

El Jarocho ni de Veracruz era, nomás porque los dominantes genes de su papá, nacido en Tuxpan, habían dejado sus huellas en el color de la piel y el pelo chino del niño nacido en Ciudad Netzahualcóyotl, desde el kinder Héctor Torres tuvo que acostumbrarse al apodo.
Había vivido toda su vida en la tercera sección de la colonia López Mateos, juntito al Bordo de Xochiaca, a los 10 años ya sabía manejar y a los 13 ya podía robar un coche él solito, un prodigio.
A los 16 años el estacionamiento de Plaza Aragón ya era de su dominio y en sus ratos libres asaltaba los bancos de la plaza. El secreto, según él mismo, era tener un grupo compacto, poquitos cabrones pero con muchos güevos, que además tuvieran un trabajo menos delictivo –que no totalmente honesto- (como meterse a casas a robar o revender cosas robadas de tercera o cuarta mano); dos que tres contactos en la PGR, por si las moscas; que él fuera el único inteligente del grupo y dos o tres semanas de estudio de cada sucursal.
En estos tiempos en los que los asaltos ya son electrónicos ya nadie espera que tres cabrones entren a una sucursal con una granada de mano gritando que a todos se los va a llevar la chingada, junten a todos los cuenta habientes en un rincón y vuelen una pared –la verdad nomás para apantallar porque el gerente siempre amablemente accedía a entregar hasta la última moneda de 10 centavos-, la sorpresa es un factor invaluable.
86 asaltos, todos exitosos –con excepción tal vez de ese del que sacó una amante exigente y que ahora creía que él era un poca cosa-, ni él ni sus cuatro ayudantes habían visto nunca su foto en las noticias.
El Jarocho y el Tiburón dejaron la Suburban azul marino en el estacionamiento público de la cabeza de Juárez, y se unieron al Aretes –sus 17 piercings lo delataban- y el Billy que tripulaban la van blanca, rotulada con la publicidad de “Lonas El Machín”, empresa que ofrecía venta, renta y mantenimiento de ring de box.
La función de box no había terminado todavía, pero podían pasar por la aduana para agilizar el trámite –les anunció el guardia de la entrada principal por la que todavía desfilaban señoras con bolsas de mandado olientes a comida y niños con pelotas; la puerta lateral de reclusorio, que conducía al patio donde estaba el ring, se abrieron y la camioneta entró al penal y no se detuvo hasta que chocó contra el cuadrilátero del que salieron volando los dos contendientes que apenas se habían podido pegar un par de golpes.
Mientras toda la concurrencia –presos y visitas- corrían hacia la zona de celdas para protegerse, seis reclusos trataban de alcanzar la camioneta que ya había echado marcha atrás y ahora maniobraba para enfilarse a la puerta extrañamente abierta de par en par, envuelta en una nube de espeso humo.
En 3 minutos la Van blanca, sin un solo impacto de bala y ya sin rótulos de negocios de renta de lonas volaba por la calzada Ermita Iztapalapa con 6 fugados del Reclusorio Oriente amarrados de las manos y amordazados con paliacates de colores y 4 integrantes de un equipo de fútbol que venían de jugar en los campos de la Magdalena Mixuca.
Terso y sin rasguños, pensó el Jarocho, para después concentrarse en la mujer que conoció durante su décimo asalto, de la que había estado enamorado 7 años, a la que había mandado a la escuela, y que una semana antes le había dicho que se iba a vivir a Suecia con un hijo de su puta madre, español, doctor en Psicología Industrial y que cogía mejor que él, porque a él, a Héctor Torres, lo consideraba poca cosa.

IV)

El trasero de una niña de 12 años se veía azuloso debajo el agua, éste iba y venía fulminante, no hacía pausas, como si los movimientos fueran tan calculados o ensayados que no hubiera manera de hacerlos mal, de perder el ritmo.
Cuando el vértigo se lo permitía, De Luna agarraba a Danny por las caderas y trataba de darles un ritmo menos aeróbico y más erótico, pero no era posible, otras veces la tomaba por lo senos, el resultado era el mismo. La niña apenas y reparaba en que detrás de ella estaba alguien, si acaso tendría la idea de que había un instrumento al que le daba uso, mantenía los ojos cerrados, si acaso de vez en cuando se agarraba de la orilla de la alberca para evitar perder el equilibrio, estaba parada de puntitas.

-Yo te salgo gratis, De Luna, -dijo Danny dejando salir el humo del cigarro por la nariz mientras caminaban-, no tienes que invitarme cervezas para que duerma contigo, mis cigarros los puedo pagar yo.
-No quiero sonar a tu papá, pero ¿desde cuándo fumas?
-Desde los 9.
-Supongo que lo sabes, pero pareces de 20 años, por lo menos.
-A los 9 parecía de 17.
-Me imagino.
-¿Sabes lo que es tener tetas a los 8 años y medio? No, no creo –dijo Danny en medio de una carcajada.
-Se me ocurren como cien cosas que preguntarte
-Si no me preguntas ni una te las respondo todas, nomás no te vayas a quedar dormido a la cuarenta y tantos, cien cosas no se platican en media hora y tienes cara de cansado.
-Si pasamos por algo de cenar y unas coca colas aguanto hasta mañana.
-Hecho.

Nos juntábamos cuatro niñas, a los 9 años no se puede ser otra cosa, tengas el cuerpo que tengas. A los 8 años empecé a robarle cigarros a mi mamá, me gustaba verla fumar, no la quería, pero me parecía como una escena de película, ella sentada en un sillón, llorando todo el tiempo, fumando sin parar.



domingo, julio 10, 2005

La calle de las decentes

La calle de las Decentes
Leonardo Sáinz Hernández

Putas, en cualquier parte. Pero putas, putas, lo que se dice putas, las de Manzanares. Las putas de Manzanares son damas y son decentes.
Manzanares es una calle que colinda, de una esquina a otra, con el pasado o el porvenir. No va más allá. De seguir de largo, el nombre de la calle cambia y, a la vez, la vida, el pasado y el porvenir. En Manzanares hay todo lo necesario para la repentina necesidad: unos baños públicos, malolientes, muy humildes; pero otorgadores de alivio, higiene y reposo. El restaurante de doña Cele, con comida corrida de veinte pesos más el refresco, y los sábados pozole y birria. El cine Venus, asilo de algunos y vergüenza de los lugareños. La capilla de Señor de la Humildad, una pequeña iglesia que no sólo da sombra y asiento a los desamparados, también abrigo y consuelo. El hotel Palacio, donde las damas del lugar trabajan y, los sorprendidos por la noche, se refugian. También está el comercio de pelucas Amelia, aunque de todos, es el menos favorecido por las circunstancias. Quién en estos días, dama, caballero, usa peluca, si ya ni las pestañas Pixie son de uso frecuente. Al comercio de pelucas Amelia lo frecuentan las damas decentes de Manzanares en busca de algún cambio, coquetería y buen gusto.
Cuando a Marcelino le dijeron que a su hija la habían visto en la ciudad, vestida con una minifalda y, descalzonada, puteando en una banqueta, a uno por uno, a todos los hombres del pueblo, les rompió el hocico. Luego fue para su casa y le dio cuarenta y cuatro bofetadas a su mujer, seguro de que ella era la culpable: por tus malos pensamientos y tus calenturas, pendeja, la niña Gaudencia te salió puta.
Fueron muchos días de peregrinar, desde el domingo que llegó a la central camionera, preguntando por las putas. Las encontró a todas, menos a su hija. El les decía que la suya no era como ellas, que su hija era católica y estudiada, limpia y bien peinada; pero las putas se reían de él, haciéndole perder las esperanzas.
Marcelino buscaba abrigo y consuelo entre las piernas de aquellas mujeres. Dormía abrazado de alguna rubia oxigenada de piel morena, o como cucharita, pegadito a Yadira, la madame de una casona del centro.
Pasaron algunos días y a Marcelino se le acabó el dinero. Fue entonces que pasó de cliente a empleado de la madame. No como pirujo, sino como conserje y guardia personal. Así se ganó el sustento y los favores de aquella mujer de cabellos rojos y sobrados pechos, de hermosos ojos grandes y nariz irreprochable. Bajita, pero peleonera y muy lépera. Marcelino nunca dejaba de sacar de la vecindad a varios cabrones que se merendaban una chamaca y luego se negaban a pagar, o ya con varios jaiboles, golpeaban a la muchacha solicitada. Todas las mañanas, a las nueve en punto, Yadira y Marcelino estaban en la sucursal bancaria depositando el dinero del changarro, las bebidas y hasta las propinas de Marcelino: "Yo te lo guardo, qué tal que te lo gastas, güey". El miraba con atención el fajo de billetes y pensaba: "Esto de los puteros es buen negocio". Sólo a media tarde, faltando un par de horas para abrir el negocio, la madame le daba permiso a Marcelino para ir en busca de Gaudencia.
Por fin, una noche, Vanesa, una musculosa y bien afeitada puta de Tlalpan, le habló de Manzanares: "Yo con gusto trabajaría ahí. Pero no puedo, no soy digna, está fuera de mi alcance, aún si me esforzara, sería inútil".
Una tarde encontró por fin la calle: Manzanares. Un lugar concurrido, donde catorce fulanos de mal aspecto estaban ahí, mirando, indecisos, a las damas.
Marcelino, con su sombrero, destacaba mucho, no sólo por llevar cubierta la cabeza, sino porque era el único al que, aparentemente, lo conducían otros intereses.
Las mujeres de Manzanares eran verdaderas profesionales, por el interés y dedicación, y por lo escrupuloso del método. Además, las normas de higiene eran inflexibles: Eran las únicas que le exigían al solicitante un baño de regadera con agua caliente, así como la compra y utilización de un cepillo para los dientes. Sólo entonces, y si el cliente obtenía un buen arreglo personal, la dama y el caballero podían iniciar una conversación, informal y breve, para luego pasar a los "despachos" del hotel Palacio. Para llegar a la intimidad, el cliente debería aceptar el uso meticuloso de un condón por cada acto a ejecutar, mismo que él debería colocarse en presencia de la dama, y sólo entonces se llevaba a buen término "la negociación".
Marcelino se acercó a una de ellas, que con la mano en la cintura, coqueta, lo invitó a acercarse, moviendo las caderas entalladas en un breve vestido negro. Se saludaron, y ella, con amables palabras, inició diciendo su nombre, lo que a Marcelino le pareció un cortejo:
-No, señorita Débora, no son horas, al ratito, al ratito a la mejor se me ofrece. Mire, yo busco a m'ija, Gaudencia, en el pueblo dicen que la vieron puteando...
-Perdone, pero aquí, en Manzanares, sólo va a encontrar sexoservidoras. Y todas ellas, mis compañeras aquí reunidas, somos las integrantes de este lugar de esparcimiento. Sólo hay una Gaudencia, muy guapa ella, y cumple las funciones de trabajadora social y técnica en educadora de niños. Ella cuida de nuestros hijos y, cuando se ofrece, defiende, como puede, nuestros derechos humanos. Dudo mucho que hablemos de la misma persona. No debe tardar, fue a comer, así que mejor lo invito a que espere allá, con los otros caballeros, y que sea lo que Dios disponga.
Marcelino se quedó pasmado, incómodo, nunca había conocido en su pueblo, ni en su estancia en la ciudad, a una mujer como Débora. Se sintió molesto, ofendido, la joven había herido su orgullo. Fue humillante regresar con los mirones, que se burlaron a carcajadas hasta que se incorporó a la fila.
Entonces una mujer llamó la atención de la concurrencia, despertando en todos no sólo admiración, sino gritos de una necesidad mundana y soez.
Vestía un sencillo vestido azul y tacones altos, el cabello hasta los hombros y un paso seguro hacia las damas, que la saludaron, refiriéndose a ella como señorita. Débora llamó la atención de Marcelino, para que supiera que la recién llegada podría ser su hija. Así que fue tras ella.
Gaudencia rodeó la iglesia y tomó las llaves de su bolso para entrar por una pequeña puerta a un anexo ofrecido por el párroco. Antes de poder cerrar, Marcelino detuvo la puerta, encontrando sus ojos, los de su hija, que mostraron sorpresa. El dio tres pasos al interior, los mismos que dio su hija al retroceder, sin decir palabra.
El lugar era un salón de clases, con pizarrón, bancas, un escritorio, juguetes por todas partes, varios archiveros y estantes con libros de cuentos infantiles y, más allá, cinco cunas cubiertas por velos. Con Gaudencia, otras dos jovencitas se encargaban del lugar, del cuidado de una veintena de niños y niñas, algunos bebés de sólo unos días de nacidos y otros tantos, ninguno mayor de cinco años.
La joven seguía sorprendida por la presencia de su padre, y a Marcelino la tranquilidad de ver a su hija hecha mujer y a cargo de una labor tan digna lo había enmudecido.
Le dijo que se había ido así nomás, sin decir adiós, a manera de reproche, que le llenaron la cabeza de tarugadas, obligándolo a venir a buscarla.
Ella le mostró sus grandes dientes con hollejos de frijoles entre los braquets, feliz por esa, sin duda, muestra de amor. Y le explicó que en el pueblo nunca llegaría a ninguna parte, ni siquiera al altar, con todos los mejores hombres del pueblo "idos a los Estados Unidos". Marcelino comprendió los motivos de su hija, aunque no le convencía el trato diario con las señoras esas, las madres de tanto niño.
Y siguieron la conversación por mucho rato, entre gritos y llantos de niños, o la interrupción de alguna dama que acudía puntual para amamantar a su bebé.
Marcelino le dijo entonces lo de las cuarenta y cuatro bofetadas a su mujer y las amenazas a punto de pistola que le gritó ella, hasta que se aseguró que el camión al que se había subido nunca lo traería de regreso. Gaudencia se preocupó, sabía que su padre, macho e inútil de nacimiento, difícilmente se valdría por sí sólo sin una mujer, en una ciudad desconocida y sin empleo.
Llegó entonces la hora de irse. Gaudencia le ofreció su casa, pero su padre le habló detalladamente de Yadira, de su carácter disparejo pero de cariños suficientes, del giro mercantil de su negocio que, según él, ayudaba a administrar, y del rico pozole estilo Jalisco que sabía cocinar. Le aclaró que no era obligación que le dijera mamá, ni que le besara la mano, que era suficiente que ellas dos se entendieran.
Gaudencia sonrió entonces, con tantas sorpresas recibidas y aún con un secreto sin revelar. Le dijo a su padre que prefería esperar unos días, por lo menos, hasta que él estuviera seguro de que Yadira "no se lo sonara con la mano del metate", y quién sabe, si entonces, hasta la presentaría a su esposo, Macario, y a Lupito, su hijo de brazos, que dormía en alguna de esas cunas, entre varios hijos de puta.

miércoles, julio 06, 2005

Autodefiniciones

David Sandoval
(en octubre del 2006)
¿Qué define a alguien?
¿Qué define a alguien?¿los primeros cinco segundos?¿los primeros cinco minutos?¿comenzar con una o varias preguntas? Seguir escribiendo. En este caso –lector- seguir leyendo. Me sorprende tener que definir algún rasgo característico o indagatorio para aprobar/reprobar lo que parece que digo sin decir nada.
Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, escribió en algún papel Ludwig Wittgenstein, considerando que todo el mundo ya fue incluido en el lenguaje, ¿y si no fue así? Quedamos los habitantes del límite iletrado y subdesarrollado que aspiramos y soñamos con un mejor lenguaje, el que alcanzan los ricos, aquellos que compran los libros caros y estudian literatura y sus miles de variantes. Sin embargo, contrario a la realidad, somos felices en nuestra pobreza ya que nos vuelve inventores de otras formas; ni originales ni sinceras, simplemente licenciosas, caprichosas y efímeras. La gracia quizá radica en cómo se leen.
Tengo mala memoria, acaso una memoria demasiado pedante y selectiva que me hace recordar más objetos, lugares y sonidos que a personas y sus nombres. Prefiero observar los pliegues de las manos, las pestañas caídas, los cabellos irredentos por aquí y allá que siempre son diferentes pero tienden a remitirnos las formas y gestos de otros humanos.
Le tengo miedo a los animales, sí. No por su instinto sino porque pertenecemos a mundos distintos, aprecio mucho la plática como para imaginarme conversando con un loro, un gato o un perro; aún así, a veces es mejor platicar con una pareja de hamsters que con una pareja recién casada.
Considero inventos magníficos del humano a las tijeras, las gafas, la bicicleta, el tenedor y la tinta; su magnificencia radica en que puedo pensar y repensar muchas veces desde su diseño hasta su utilidad, su resistencia a los siglos y alcanzo una felicidad idiota contemplando la gracia de combinar naturaleza y humanidad.
Tengo dos cosas que agradezco de mi estancia en este mundo: poder apreciar la música como una forma de salvación personal, acicate de los fanáticos, que siempre juega con el peligro latente de convertirse en fanatismo, y poder degustar comidas; no porque me gusten todas (me atrevo a fabricarme un sándwich con las “tapas” del pan bimbo como también odio los champiñones, por ejemplo) sino porque lo que me gusta ha sido siempre por tener oportunidad de haberlo probado más de una vez.
La música es más importante para mí que personas a las que conozco y estimo, el problema es que cuesta y también puede convertirse en adicción –tema para otra participación en okas chidas- y quienes más la resienten son la economía familiar y propia. Así es, soy un enajenado consumista ególatra mitómano fenoménico impetuoso ignorante materialista holgazán badulaque chismoso que quiere trabajar lo justo (ni más ni menos), interrumpir poco, dejar a los demás hacer lo suyo.
Provocarles con la duda a los que leen o escuchan es algo que disfruto.
Hablar mal de alguien que me cae mal también.
Hablar mal de alguien que me cae bien es sin pensar.
Hablar mal de lo que lees implica ambas.
Hablar no es escribir, tampoco leer.
Y ya mejor ni hablar,
Como el mambo de Pérez Prado.

Falta decir que si me ves en la calle soy como cualquier otro pendejo que no se quiere ver tan pendejo viendo indiferente a los pendejos. Ésa debe ser mi gracia, no tener gracia y poderme topar contigo –lector- a la vuelta de la esquina, vernos con odio, con esperanza y hasta con lujuria para dejarnos pasar con ese titubeo de ceder el paso obstruyendo al desconocido; vernos para no volvernos a ver nunca.
Eso quisiera ser para mí cuando tenga el placer de conocerme.
Juan Carlos Plata
¿Cómo? ¿Nunca has ido a Sahuayo, pinche zombi?

La verdad es que el Zombi de Sahuayo sólo dos vez ha ido a Michoacán, y para más exactitud, ni el tour quesque familiar a los 8 años, ni el viaje de prácticas (en el que no se practicó ni madres) en los preparatorianos años, pasaron por Sahuayo.
El parásito ese que se dice –pinche desfachatez-, periodista, nació hace casi 29 años en la colonia Portales del Distrito Federal.
Hijo de un priista radical –en los 70 uno tenía que ser hijo de priista casi a güevo, aunque pueden existir los hijos de gente decente-, y una descendiente de indígenas zapotecas y españoles, el tal zombi fue, casi, un chiquillo común y corriente –ya después se vio que más corriente que común-.
Pero luego vino el accidente, a los 18 años, el baboso decidió que quería estudiar Ciencias de la Comunicación –el muy tarado quería narrar los partidos de los Dodgers de Los Ángeles-,
Entonces, tomó sus garritas, peregrinó a las orillas del mar y se inscribió en la UV.
Todo iba a toda madre hasta que en la escuela lo corrieron cuando se supo que era un zombi –la verdadera razón es que como el tal zombi es un zombi, no podía dormir, y como en la mentada facultad era requisito indispensable dormirse en clase, la corrieron por subversivo.
En el vil desempleo y sin un peso al que chuparle las bacterias, el tal zombi –sacrificando su dignidad- se dedicó al periodismo, oficio en el que pudo dar rienda suelta a su mitomanía sin que nadie el reclamara.
Dedicado de tiempo completo al sabotaje institucional, el zombi, en sus ratos libres se dedica a escribir cuentos que nunca termina y que son recibidos con harta indiferencia por la crítica.


David Sandoval-Rodriguez
AUTORRETRATO SIN ACEITE 1

Pues para no marear las confusiones mentales y mentoladas irá un breve
retrato del muchacho timba que ahora labora y la-borra algunas veces de
noche a las orillas del mal y del mar. Antes que después me encontraba
en el
callejón habitual de los que no tienen monje ni papelito que los guíe
por el
mundo de los trabajos baratos con grandes penas...entonces vino la
primer
señal del verbo -no divino, pero si radial-que golpeó la mollera mia,
que en
estos momentos verbaliza: hubo una selección de locutores salvada y
apreciada por los sentidos y por el sentido que me dio el pedro gabriel
inglés para hacerla bien. Acto segundo estábamos aprendiendo a no ser
burócrata del radio pero llegarle a los burocreoides y su prole, tarea
harto
intensa y divertida pero con un capullo de negatividad que dio por
resultado
una mariposa con afanes de cobrador sangriento. No le pidas peras al
olmo y
no le pidas a Neblinalia (xalapa) que se ponga al nivel empresarial
porque
sigue muy profundo como el bien querido Cthulhu. Ahí perdí un cachito
de
cordura y gané algo de dinero, pero eso no importa, aprendí lo que se
debe
aprender y traté de entender pero hasta ahí llegué. Luego se combinó la
aleatoria y surgió el burburock donde me dedicaba a quejarme y jalarle
los
cables al hueso y a la guitarra, que también aprendió a tolerarme no
asi con
la musica generada que acabó por darme fiaca, ¿qué ganamos? Además de
ser
padrino involntario y totalmente por "Efecto Adverso"; Tocar en el
carnaval,
una credencial del sindicato de músicos y doblete en primera soledad en
la
feria de xalapa, acompañado por Ren & Stimpy sobre mi puerquecito fui
feliz
como quinceañera cincuentera (o sea de los 50's) y dejé uno que otro
corazoncito partido haciendo cafecito en el camino, como todos y cada
uno de
los virgos del mundo. Entonces llegó el sillar y el astillero...por
amistades de tiempos pasados -con memorias prodigiosas- me brindaron
cepo
instantáneo supliendo a una graciosa panzona de bebé que escribe
"ayaron"
(de hallar) y se imagina como una luisa lane bien jarocha. ¿Cómo es
posible,
dirá aquél que no recuerda, darle el trabajo financiero y negociador al
iletrado que balbucea las tablas de multiplicar? David:sección de
finanzas
es mi nombre, pero en este viejo oeste el mar ronca y el aire
condicionante
de acondicionar provoca reumas con un hermoso clima exterior de
36°...yo no
veo, no oigo no siento. Pero siento que es difícil ser desempleado, es
más
difícil buscar empleo y no hay que pensar cuando se trabaja en un lugar
como
éste. Vibra el sol y vibran los oídos, no vean la academia porque aqui
la
escucho ad ovo todos los domingos. Sabemos nuestros límites cuando no
nos
permiten terminar; mi distribuidor vial también es cuestionado porque
en
cualquier momento se caerá, sólo hace falta la carga necesaria para que
la
sesera piense que ¡¡ME CARGA!! y asi, como sangría benigna, terminaré
renunciando. Amable lector, tus dudas serán despejadas en el desierto
de las
palabras coherentes que lo otro ya son unas muy sinceras gracias. Hasta
pronto >>esto fue para Boris Vian, Matraka y la Wampy. "Nomás hay que
soltarla...que solita se escapa."
AUTORRETRATO SIN ACEITE 2
Bien estaba descansando y mal reflexionando cuando finalicé y termino
mi
vida a los 36 años terrestres seré hombre feliz que realizado ni que
fuera
producto, y estas anguistias llegan al contemplar contratos sociales
donde
se "perpetúa la especie" (o sea se casan) y niños a los cuales les
tengo un
profundo respeto y desconocimiento como al espacio sideral o los átomos
del
uranio -por mencionar alguno-. No hay niños en mi futuro aunque sí en
mi
presente y no reniego pero si respingo que NO SON MÍOS. Terrible dejar
a
alguien con el paquete de este mundo y sin instructivo porque nadie
sigue
las instrucciones, que tal vez nunca existieron como en la mercancía
pirata
que en mis tiempos mozos se llamaba fayuca. Hago una proeza imaginando
el
final de esta película propia que cada quien entiende y sigue a como va
o
viene, para mí que ya pasó el intermedio (ahora ya NO HAY
"intermedios").
Si se acaba mi pila será doloroso pero será UN momento. Recordar es
vivir
¿no? "Aun tengo muchas cosas por hacer". -¿Sí?¿cuáles son?...nah, esa
no es
la pregunta, tiro la piedra cuestionando: ¿Piensas que algún día harás
algo
de todo lo que quieres? Llevo aqui 26 años y ya olvidé lo que quería
hace 5,
mejor, asi la medicina es analgésica y no terapéutica que eso se lo
dejo al
amor. Pintar un cuadro "de lo que será" es la segunda parte, ¿cuántos
cuadros hay pintados que no entiendo, más aun, que no conozco? ¿Qué
quiero
hacer en mi futuro? Una década de memorias y luego que algo o alguien
le
desconecte porque este envase -este "casco"- ya perdió la corcholata y
quiere volver a la reja. El sueño de unos es seguirle, el mío es
pararme.
Abran los oídos y saquen la lengua y hasta pronto.

Audito Ergo Sum
Laura Fernández-Montesinos Salamanca
FELINA INDÓMITA

Laura, alias Selima - Por ahora-. 37 ayeres desde el año 69, y los que vengan, que serán bienvenidos. Granadina por accidente, marca de mi existencia. De ascendencia morisca y cristiana, e influencia gitana. Luna de color. Númida de alma. Espíritu salvaje y felino, por el león de julio, lleno de color, pasión, sensación y grandes garras, porque el genio aflora. No pienses que es falta de respeto si no te dejo hablar. Es que soy impulsiva e impaciente. Y siempre llevo prisa.
Capto los olores y los colores tanto como el sentimiento, y lo transcribo.
Pasión que sucumbe irremediable delante de una buena historia, de la misma historia, del arte, de los pueblos antiguos, de la nobleza, la sinceridad, la naturaleza, la sabiduría, un alma generosa, conciencia ecológica de toda África impoluta.
Escribo porque me nace. Porque me avergüenza la intolerancia y la injusticia. Y por mi madre muerta, que me guarda desde la eternidad como si estuviese conmigo. Y por mis hijas, que son los soles de mi vida. Mitad íberas, mitad indígenas precolombinas. Mi orgullo interracial muy bien avenido.
Labor: Privilegiada. La de avivar el deseo de conocimiento de las lenguas, y de lo que se ofrezca.
¿Religión?. Todas y ninguna. Pero que sea de paz y respeto.
¿Política?. Cuando deje de ser corrupta e indigna, pero me inclino por los pobres.
¿Creencias?. La justicia divina, que caerá sobre todos, incluidos los hacedores de guerras.
¿Temores?. Además de que el cielo caiga sobre mi cabeza, el exceso demográfico, la contaminación. Que se acabe el mundo que nos sostiene. No dejar un legado limpio: ni un vaso de agua que llevarse a la garganta reseca. Que destruyamos nuestra casa La Tierra. Y a morirme insatisfecha o sin haber cumplido con mi tarea.