sábado, diciembre 30, 2006

Perros gringos de mierda

¡¡¡ Aláhu Akbar !!!






El editor y gran khan de okas chidas recuerda a todos que los perros gringos de mierda siguen asesinando gente por todo el planeta, ahora ejecutaron alevosamente al presidente legitimo de Irak Saddam Hussein quien valerosamente enfrentó las hordas gringas que tienen invadido su país, mientras los presidentes de las demas naciones se siguen arrodillando ante el salvaje imperio de los gringos.

Okas Chidas honra aqui al presidente Saddam Hussein cuyo martirio marca ya el inicio de la decadencia del imperio gringo que fue incapaz de civilizarse y va empinado a destruirse en su propia barbarie.
¡Patria o muerte! ¡Allahu Akbar!

jueves, diciembre 28, 2006

Alma Atrapada


Alma Atrapada
Inmaculada Fernández-Montesinos Salamanca
Mi queridísimo hijo,
Soy un alma atrapada, atrapada en tu amor y en tu pena. Mira mi niño, yo tuve una vida normal en relación con la vida de las mujeres de mi tiempo, tengo cuatro hijos a los cuales desde el momento en que supe lo que los quería lo di todo para que fueran felices, aunque soy consciente de esos años anteriores en los que estaba perdida y en los que vosotros fuisteis los que más sufristeis mi ausencia, me costo mucho hacerme con cada uno de vosotros pero al fin lo conseguí, hasta el punto de ponerme en el centro de vuestras vidas. Respecto a mi matrimonio, nunca fue bien no por culpa de nadie simplemente no fue bien, la separación tampoco fue posible y llegó a un punto en el que ya no tenia fuerzas para seguir adelante, mi hija mayor tenia problemas económicos y laborales, mi segunda hija con su pareja, tu tenias problemas laborales y mi pequeña problemas existenciales, a ninguno podía ayudar, ¡que pintaba yo aquí!, teníais que arreglároslas solos, por fin me podía marchar. La vida que me tocó vivir la elegí yo y he aprendido mucho en todos estos años, ahora quiero vivir otra vida, otra vida mas feliz es lo único que quiero pero para poder ser feliz en mi nueva vida necesito que entiendas lo que pasó, nada sucede porque sí, yo me quise marchar.

Mi querido niño ¡déjame vivir una nueva vida! y no desperdicies la tuya. El único dueño de tu vida eres tú, tú decides cuando tienes que reír y cuando tienes que llorar si te ríes yo lo haré contigo si lloras yo también lloraré, probablemente lo que puedas hacer hoy no lo puedas hacer mañana No pararé hasta que te encuentre, aunque no sepas que soy yo tu alma me reconocerá y cuando te vea me gustaría verte feliz. Estaré con vosotros toda la eternidad.

Mamá

miércoles, diciembre 27, 2006

EN EL NOMBRE DE ALÁ



EN EL NOMBRE DE ALÁ

Laura Fernández-Montesinos Salamanca


Por la boca se me derramaba un chorro de sangre tras la tajada que aquel bruto de coraza de cuero, me había propinado en medio de una simple escaramuza.
-¿Es que no veis que se trata solo de una intimidación?- gritaba uno de esos grandes que mandaban un ejército de bravucones que buscaban pelea a toda costa.
Pero los ojos negros violentos de aquel guerrero gigante con tocado de piel, de ojos rasgados, labios rojos y finos, y una impasible mirada sin ver a nadie más, ni más lejos que lo que tenía en frente, no se contenía por una simple orden.

No había certeza si aquellos salvajes embestirían como mamuts, o si se resistirían a las órdenes de unos cuantos de esos que los mandaban, que solo Dios – o quizás su Dios- conocía. Y es que no podríamos saber, a la vista de la desorganización y los gritos despiadados y aterradores que emitían a todo pulmón aquella manada de perros sarnosos que parecían, qué clase de jefes ejercían rango, si comandantes, generales, o simples jefes de tribus.
Un temor espantoso empezaba a recorrerme la espina dorsal. Indudablemente, aunque solo fuese a lo lejos, parecía aquella horda de bestias impías, una mole de gigantes con el cabello largo, trenzado a jirones. Y sus ojos, tan estrechos como el fino filo de mi cimitarra, parecían impedidos de visión. Pero atacaban impávidos, como posesos por una fuerza infernal y una sacudida demoníaca. Acaso poseídos por el maligno, quizás de alma vendida… no lograba dominar el terror que comenzaba a cundir por todo mi cuerpo.
Miré en derredor. Los soldados a mi cargo no parecían más serenos que yo mismo. Algunos mostraban en sus rostros el mismo terror que yo debía ocultar. Otros se veían vagamente tentados a abandonar las armas y huir despavoridos. Pude observar incluso, que el orden alineado de las tropas, sus uniformes engalanados, y la obediencia de que hacían gala, podrían venirse abajo de demorar un poco más la orden de atacar.
No tenía más remedio que ordenar … Pero… ¿Repliegue ante aquella basta mole de bárbaros mogoles?... O … Ataque hasta el honor de la muerte, y que El Altísimo nos acoja en su gloriosa morada eterna…
-¡Ataque sin piedad!.- Grité de repente. Como redimido por mis dudas, comprendí de inmediato que para eso estábamos allí. Y que no habría nada que nos impidiera morir por salvaguardar la patria, el orden y la armonía ante una bandada de salvajes impíos y brutales que buscaban apoderarse de todo lo nuestro. Mujeres y niños, esclavos, riquezas, tierras, todo lo que poseíamos…
- ¡No estamos aquí para vivir!.- grité a los soldados- Dios nos espera con una eternidad de dicha a los que muramos en batalla. Y de no hacerlo así, que las bestias inmundas, aquellas que ya corren hacia nosotros sin esperar, aquellos que no tienen ni un ápice del terror que nos consume a la nación civilizada, se ceben con nuestros despojos…
Aquellas palabras que de repente resonaron como eco en la caja de mis pulmones, alentaron a los soldados. Regresé la mirada a las tropas. Esta vez mi confianza los hizo levantar los ojos de terror, con más seguridad y gallardía. No cesaría el miedo, era cierto, pero el ánimo y la seguridad de la muerte noble, hizo reaccionar los cuerpos y los brazos entumecidos de dudas y temeridad. Los sables se irguieron honrosos, y las piernas apretaron la montura desde sus sillas, con plena seguridad, esperando la orden de partir hacia el centro de aquella masa informe y desordenada de guerreros inmensos.
Morir por justicia, si Alá lo demandaba, moriríamos.
El grito de ataque se vió seguido de inmediato por el toque de trompa. Tanto ímpetu hizo que me tambalease sobre el caballo, que vibró, movió tan bruscamente su cabeza al sentirse aturdido por el alarido, que se encabritó. Frené para no resbalar del animal, y lo zarandeé repetidamente antes de hundir las espuelas hasta la carne, y partir de inmediato al galope para recuperar el equilibrio. Lo logré por instantes. El caballo galopó tan poseído por el maligno como los salvajes mogoles…

Solo recuerdo que mi guardia me había seguido y detenía las dentelladas y las cuchilladas que lanzaban los salvajes sin ton ni son… alguna fuerza sobrehumana los hacía permanecer de pié. Sin orden ni concierto. Aquellos fantasmas gigantes de ojos rasgados, peleaban como verdaderos animales por un pedazo de carne en la selva. No acertaba a entender porqué Alá permitía que nos deshicieran en un campo de batalla cuidadosamente premeditado. Llevaban las de perder. Eran solo una jauría frente a un coordinado ejército islámico; y aquel gran jefe de tribu, general, comandante, o solo el Altísimo comprenderá qué endemoniado cargo tendría, puesto que no se diferenciaba en lo más mínimo del resto de salvajes, gritaba que solo era una escaramuza…
¡Una escaramuza!… ¡ja!. Con el terror con el que nos habíamos mantenido horas antes sobre el caballo, en orden perfecto de batalla, alineados como los cánones de la guerra dictan, mirando a las hordas violentas…
-¿Escaramuza?- le grité en su lengua mogola… No sé si se paró a entender, pero de repente solo ví sangre en su dentellada de piezas partidas y amarillentas, hasta que pude percibir el hedor de su boca; y aquel gigante lanzó su burda arma, sin apenas filo sobre mi cara…la sangre manaba a chorros, pero no me derribó de inmediato, seguí luchando, sin dolor ni discordia. Como otro salvaje que solo pretende conservar su vida, y como animal, como salvaje, hundí mi arma en el estómago desprotegido de aquella mole, no acierto a atinar si hombre o animal…entonces, liberado ya del enemigo, me sentí tambalear, cuando mi guardia cubrió mi cuello de otra dentellada mortal de una sierra mogola que me atenazaba por el costado. Gracias a Alá que los alfanjes de mi guardia atacaron primero, y cayó el enemigo, casi al mismo tiempo que caía yo, aturdido por la sangre perdida…

Esta vez ganamos. La batalla o la escaramuza, como dijera aquel jefe mogol, que terminó moribundo resbalando en la sangre que se encharcaba sobre la hierba, ensartado en la punta de la media luna de nuestro estandarte musulmán, había terminado, sólo porque la noche había caído.
Las tiendas están a estas horas de la madrugada, repletas de heridos. Ni siquiera tuvimos el tiempo, ni el ánimo, ni el valor, ni los hombres, para recoger la cosecha de tan disputada batalla. El botín tendría que esperar. Quizás al alba, si mi ejército seguía en pié, siquiera con cien hombres…¿O serían unos cincuenta los que quedaban intactos?. Nunca lo supe. Pero de siete mil que partieron de Damasco a detener la incursión mogola en el Imperio islámico… mi ejército estaba hecho añicos… Añicos como el mismo ejército mogol, si es que a aquella horda podría llamársele ejército, aún a sabiendas que el único, quizás, de los que no habían caído en medio de aquella brutalidad sangrienta, era el mismísimo Gengis Khan…

sábado, diciembre 23, 2006

Eu não quero entender. Estou satisfeita em sentir.

Eu não quero entender.
Estou satisfeita em sentir.
Debora Miron



Depois de dois anos distantes, quem diria que o sentimento fosse capaz de existir, sem se quer, uma só tentativa de demonstração ou manifestação durante todo esses meses. É verdade que em companhia do mar, descalça na areia, sentindo o vento gelado no rosto, meus pensamentos resgataram por diversas vezes os momentos mais maravilhosos de 2004 – nós dois sentados na praia, nossas tentativas de namorar, nossas frustrações. Mas o pior foi perder a oportunidade de ter vivido um grande amor.
Em 04 de novembro, eu estava onde jamais imaginei estar – no quarto dele. Depois de uma divertida noite como amigos, ou pelo menos, era isso que fingia ser, lá estava na minha frente o mesmo homem, e a mesma atração, que há dois anos, me fazia esquecer das distintas intenções e me remetia a não resistir as tentações do sexo.
Não foi preciso trilha sonora, não foi preciso uma palavra de permissão, pelo menos, prefiro acreditar que o silêncio nos sintonizou em uma única idéia - a de matar a saudade e a sede de voltar a amar.
Eu toquei a boca dele como senti ao mesmo tempo sua língua, quente, beijando os meus lábios e o tocando como se fosse a primeira vez, como se estivesse aprendendo a fazer amor, como se estivesse querendo descobrir cada pedacinho do meu corpo.


Havia um entrosamento perfeito, um carinho especial e mais que isso, um ritmo que a cada suspiro ou gemido, se fazia frenético, profundo e excitante.
Era maravilhoso sentir o peso do seu corpo, de novo, em cima de mim.
Era como se ele jamais estivesse esquecido dos meus segredos e do meu ponto fraco – os seios.
Não queria que ele tirasse de mim todo o líquido quente, não queria que este fosse o fim, ainda que para aplacar sua sede ou para satisfazer o capricho do êxtase comungado, meu gozo se fazia necessário, não esse que se espalhava dentro de mim, ou sobre minha pele, mas o cruel e quase sempre obrigatório descanso. Seus sussurros eram a minha certeza de que seria bom para ele também. Antes, era possibilidade, depois, era cumplicidade. Mas só o durante foi eternidade.
Enquanto todos dormiam, quem poderia imaginar que ali se acendia mais que o desejo de amar, se acendia a oportunidade que só o tempo pôde explicar.
Eu não quis entender. Estava satisfeita em sentir.

O tempo nos trouxe de volta todas as verdades, ainda mais, quando estas estão relacionadas com a curiosidade instigante de conhecer a sensação de voltar ao tempo sem precisar ser o que você foi há dois anos. Sem ser confusa, sem ser infantil, sem ser covarde e o mais importante, sem ser comedida. Porque quando o assunto é amor, a palavra comedida não pode fazer parte. É melhor se tornar inconseqüente. E assim fui.

Yo no quiero entiender. Estoy satisfecha en sientir.


Yo no quiero entiender.
Estoy satisfecha en sientir.

Debora Miron

Después de dos años lejos, quién diria que el sentimiento fuera capaz de existir, si se quiere, una sola tentativa de demostración o manifestación durante todo estos meses. És verdad que en compañía del mar, descalza en la arena, sintiendo el viento helado en mi rostro, mis pensamientos rescatarán por diversas veces los momentos más maravillosos de 2004 – nosotros dos sentados en la playa, nuestras tentativas de enamorar, nuestras frustraciones. Pero, el peor fué perder la oportunidad de haber vivido un grande amor.
El 04 de noviembre, yo estaba donde jamas imaginé estar – en el cuarto del él. Despues de una divertida noche como amigos, o por menos, era eso que parecia ser, allá estaba en mi frente el mismo hombre, y la misma atracción, que hace dos años, me dejaba olvidar las distintas intenciones y me remetía a no resistir a las tentaciones del sexo.
No fué necesario trillar sonoramente, no fué necesario una palabra de permisión, a menos, prefiero creer que el silencio nos sintonizó en una única idea - de matar las ganas de volver a amar.
Yo toqué la boca dél como senti al mismo tiempo su lengua, caliente, besando mis lábios y tocándolo como se fuera la primeira vez, como si estuviera aprendiendo a hacer el amor, como si estuviera queriendo descubrir cada pedacito de mi cuerpo.


Habia un entrosamento perfecto, un cariño especial y más que eso, un ritmo que a cada suspiro o gemido, se hacia frenético, profundo y excitante.
Era maravilloso sentir el peso de su cuerpo, de nuevo, arriba de mi.
Era como si él jamás hubiera olvidado de mis secretos y de mí punto débil – los senos.
No queria que él quitara de mi todo el líquido caliente, no queria que este fuera el final, aún que para aplacar su sed o para satisfacer el capricho del éxtasis comungado, mi gozo se hacia necesario, no este que corría dentro de mi, o sobre mi piél, peor el cruel y casi siempre obrigatório descanzo. Sus susurros eran mi seguridad de que seria bueno para él tambien. Antes, era posibilidad, despues, fué cumplicidad. Pero solo el ahora fué eternidad.
Encuanto todos dormian, quien podria imaginar que allí se ascendía más que el deseo de amar, se acendia la oportunidad que solamente el tiempo podrás explicar.
Yo no quize entiender. Estaba satisfecha en sentir.

El tiempo nos trae de regreso todas las verdades, aún más, cuando estas estan relacionadas con la curiosidad instigante de conocer la sensacion de volver al tiempo sin necesitar ser lo que usted fuera hace dos años. Sin ser confusa, sin ser infantil, sin ser cobarde y lo más importante, sin ser comedida. Porque cuando el tema és amor, la palabra comedida no puede hacer parte. És mejor tornarse inconsecüente. Y así fui.

jueves, diciembre 14, 2006

Perdiendo el Cielo

Perdiendo el Cielo
Por M. Oviedo

“Si no hubiese tierra en el cielo, más valdría que no hubiese cielo”
Pessoa


Puedo decirlo ahora que están a punto de llegar: me parece que son los días más tristes del año, posiblemente por la furiosa alegría con que se les quiere rodear. Pasa siempre igual. Vamos entrando a estas fiestas como se entra en un túnel del que no alcanzamos a ver el final. Son aún más tristes que esos carruseles vacíos que giran y giran en los solares, a las afueras de los pueblos, cuando comienza a oscurecer y los focos iluminan los caballitos de metal con una luz falsa y deslucida. Ahora los foquitos tienen forma de estrellas, bombillas de colores como las de los bares solitarios en las carreteras, también en las afueras de los pueblos, farolitos rojos que se mecen con el viento frío.
Mucho tiempo estuve pensando que era yo, que esa forma de ver las cosas era como una enfermedad que solo yo padecía. Más no. Bastantes somos los que sentimos algo parecido ante el trasto de los buñuelos, algo así como empacharse sentimentalmente y la necesidad posterior de ayunar un tiempo.
Todos llegamos al mundo enfermos de algo, de una cosa o de otra, de cansancio, de aburrimiento, de emoción. Uno jamás se cura de esas enfermedades. Si tenemos suerte no nos ponemos peor. Yo creía que era uno de esos seres tristes que se fija en los seres tristes, como el enfermo que se descubre rodeado de enfermos como él. Para darnos cuenta de que casi todo el mundo padece o ha padecido una ligera gastritis, es suficiente con que uno cargue con una ligera gastritis también. Más no, no era solamente yo.
Me cuesta trabajo expresar lo que nos sucede a algunos durante estas fechas. Es sólo un sentimiento ambiguo, como si viviéramos una tarde de domingo que dura varios días seguidos. Precisamente ahí está la crueldad, tener que recordar durante todo ese tiempo que el día de fiesta se terminó, lo corta que es la vida y que apenas entramos en escena, debemos despedirnos, así como en aquella canción navideña que recuerdo: “La Nochebuena viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos, y no volveremos más”, que parecería dirigida a masoquistas de no ser por ese ritmito que la convertía en chunchaca de ocasión, para los bailes callejeros.
Es extraño, fuera de lo normal, lo que pasa en estos días. Muchos querríamos brincárnoslos, así como querríamos saltarnos todas las tardes de domingo. Quizá otros vivan estas fechas como un regreso al Cielo.
Por un tiempo pensé que la vida era como las tardes de domingo, y que el Cielo era como las tardes de sábado, la felicidad eterna y el paciente gozo. Más no. Ahora pienso exactamente lo contrario. La vida cotidiana, la vida diaria, es el sábado por la tarde. Es corta, pero llena de intensidad y con matices únicos y sorprendentes, incluso para los que padecemos de alguna enfermedad del alma. En cambio la tarde de domingo es, como dice un amigo, , aburrida y pesada, como la sola imagen del trasto de los buñuelos el día de Reyes, después de haber sido saqueado durante tantos días.
Dentro de algunos días habremos doblado, en definitiva, la curva de estas peligrosas fiestas, habremos dejado atrás al fin el Cielo, y el ánimo, aligerado, echará a volar. No sé si lograré llevar una vida nueva. No lo creo necesario. A mí la vida me gusta tal como es, me gusta lo que tiene de cotidiano y común, y en las fiestas es esto lo primero que se sacrifica: lo corriente y lo común. De nuevo se cerrará el Cielo y se abrirá hasta el año que viene. Lograrás sobrevivir a tanta alegría y a tanta felicidad. Seas bienvenido, una vez más, a la vida cotidiana.


Comentarios a:
matove@eudoramail.com

El Cine Perdido

El Cine Perdido
David Sandoval
Para Nadia

“Hoy, basta oprimir un botón para oír al instante, en la propia casa,
todas las músicas del mundo. Veo claramente lo que se ha perdido.
¿Qué se ha ganado?
Para llegar a toda belleza, tres condiciones me
parecen siempre necesarias:
esperanza, lucha y conquista”
¾Luis Buñuel, Mi último suspiro.

No podía seguir soportándolo. Hora tras hora y día tras día; cansado y en completa soledad. Con todo el dolor de su cuerpo regresaba al eterno trabajo; un pequeño viaje mental había desembocado en la bahía de las Épocas Pasadas, obligándole a preguntarse -una vez más- ¿Por qué estaba ahí? ¿Qué había sido de su propia vida? No tenía respuestas. Sólo tenía un par de ojos que le permitían trabajar en la planta Herdez, en el departamento de “Control de calidad”, supervisando durante nueve horas y media (con descansos de diez minutos cada hora), latas de champiñones en escabeche. Era un juez de las cabezas blancas que pasaban ante sus ojos, expulsando de una banda sin fin a las no tan blancas. Llevaba así once años. Y estaba harto.
Esos mismos ojos habían contemplado cosas mejores, imágenes habitantes de su desgastada memoria: Rebelde sin causa, Nosferatu, El planeta de los simios, Ben Hur, Viridiana, 2001, El padrino, Indiana Jones, Sólo se vive dos veces, El mago de Oz, Metrópolis, 8 y 1/2... tantas películas que eran propiedad de su infancia se convertían con un poco de ayuda en su única familia. No tenía amigos porque no los buscaba, y no sabemos si su extraño carácter le hubiera permitido hacerlos; pero no había duda de que necesitaba hablar con alguien, no importaba quién fuese, y ahora frente a él tenía champiñones, champiñones y más champiñones; si platicaba con ellos dirían que estaba loco y lo hubieran despedido.
“Siempre hay alguien deseando mi miserable trabajo” dijo; y estaba en lo cierto.
Esa noche ¾fría y después de la lluvia¾ pensó definitivamente en dar una vuelta por el centro de la ciudad, quizá cenar bien y ver una película en algún cine perdido entre las calles llenas de anuncios, indiferencia y vendedores ambulantes. Su maravilloso salario no permitió la cena pero sí el cine; caminó algunas horas y tantos minutos cuando vio el cartel en la pared y sin dudarlo por un momento dijo “Ésa es”.Entró al cine sin siquiera fijarse en dónde estaba desembarcando.
Dentro se respiraba olor a viejo y humedad, a palomitas trasnochadas y chocolates octogenarios. En un desvencijado exhibidor de cristal una señora gorda, canosa y grasienta no quería ser encargada ¾pero tenía que serlo¾ de la dulcería, y su hija, a juzgar por la apariencia menos canosa, sin embargo igual de gorda y grasienta, le había cobrado en la taquilla.
Quiso darse un lujo: comprar palomitas. Al acercarse, la mujer lo miró como si trajera el último insulto de la noche... o el primero; eso nunca lo sabremos. ¿Qué quiere?, ¿cuánto cuestan las palomitas? Hay de doce y de siete; deme una de siete por favor ¾extendió una moneda de diez¾ y cóbrese. Por respuesta una sacudida dejó caer nueve y media palomitas al piso acompañadas de una orden: No tengo cambio. Así, las palomitas de siete se transfiguraron en las de doce, aunque sólo por su precio; no había qué alegar ¾estaba muy cansado¾ y prefirió meterse a la sala.
No le sorprendió que estuviese vacía, dentro se podía nadar en el aire con sabor a rancio y refresco tibio que afuera era de por sí omnipresente. Se sentó a media sala en una butaca que gimió como el último dinosaurio de tan oxidada que estaba. No tuvo que esperar mucho para cuando se apagaron las luces, su expectación se encendió inmediatamente y... comenzaron los comerciales.
Un refresco de tamaño gigante y una música imposible de entender, ensordecedora y fofa. Luego una cerveza que aparenta llegar al final de un anuncio donde abundan traseros y pechos de mujeres, la cerveza chorrea y el hombre babea. Después, las escenas de un filme con karatazos y tangas, en una sucesión tan frenética que no pudo comprender quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Le siguió otro corto de la película sobre una vieja serie de los sesentas ¿o setentas? ¿ochentas quizás? Un refrito más de la larga fila que ahora inunda las pantallas; hasta que por fin cambió el rollo, se escuchó ese zumbido-aleteo como de polilla gigante y comenzó la película.
Por cierto, las octogenarias eran las palomitas, le sabían horrible, seguramente a champiñones en escabeche Herdez.
Comenzó la música y su cuerpo la reconoció al instante; un hormigueo en la nuca y una burbuja que crecía en el estómago, más y más, llena probablemente de maripositas. Entre miles de melodías que había escuchado en su vida, cantadas, silbadas, en el radio o el cine, podía acordarse perfectamente de esta tonada; sí, se la sabía de memoria. Y luego venían las imágenes.
Primero se le erizó la piel de los brazos, luego la espalda y por último las piernas y el cráneo. Su cuerpo zumbaba, con la música y las imágenes; igual que la polilla-proyector a sus espaldas. Un escalofrío lo recorrió desde la nuca hasta la infancia; podía reconstruir ese momento de su vida gracias a la película, quizá no como sucedió en realidad sino como más feliz lo hacía sentirse, lleno de una dicha que jamás había vuelto a experimentar en su breve existencia. Después llegó algo que se atoró en su garganta, los párpados abrazaron tiernamente a los ojos y la vista se tornó borrosa.
Sobreponiéndose a su propia neblina podía percibir el inicio de la película: un pueblito cerca del mar y niños corriendo por sus calles. Entonces las lágrimas no permitieron ver más; unas cuantas cayeron entre las palomitas y también comenzó a sonreír... como hace mucho tiempo no lo hacía; pero esta sonrisa venía de antes, de hace muchos años. Una sonrisa que había quedado sepultada bajo una rutina y cientos de problemas.
Su cuerpo entero ¾ahora se dio cuenta¾ sentía la película, hasta sus orejas estaban rojas, producto de una mezcla de vergüenza y amor que se proyectaba en él y para ella, ¿Cómo era posible que ésas imágenes lo hubieran llevado tan lejos?
Todavía faltaba lo mejor.
De pronto una voz que hace tiempo, mucho tiempo, no escuchaba, resonó en la sala. Era María, la hermosa niña de mejillas brillantes y trenzas largas y oscuras; se sintió más ruborizado: ella fue la primera “actriz” de quien apasionadamente se enamoró. Enjugó sus lágrimas para verla bien, abrió sus ojos, hasta donde los párpados y la memoria se lo permitieron... tanto, que pasó sin dificultades.
Y ahora cuando ves la película descubres a un niño más feliz y risueño que los otros, lo reconoces porque no le gustan los champiñones y siempre que aparece juega con maría.

La Oficina de Los Libros

La Oficina de Los Libros

David Sandoval


En el mundo que contiene mi biblioteca hay regiones iluminadas y otras oscuras , en estas últimas sitúo a un receloso y joven grupo de libros, cambiante en sus intenciones y sus ideas –como todos los jóvenes- pero constante en una condición: el ser libros no leídos.
¿Por qué compro libros que licenciosa y repetidamente no leo? Peor aún, estos se van acumulando y poco a poco van confundiéndose con los ya existentes.
Si comparara mi biblioteca con una oficina y los libros fueran los empleados creo que habría de todo, desde los gorditos graciosos que son accesibles a todos los lectores, aquellos ya algo entrados en años que poseen y brindan más imágenes que palabras; esos serían los atlas y los diccionarios. También están los chaparritos pero intensos, representados quizá por los textos de poesía que tengo, en algunos la expresión es lo que incendia y en otros es el estado onírico que inyectan al lector.
Hay las novelas en todos los tamaños y las más diversos desgracias, semejantes a las secretarias de una oficina. También están los que al pasar de los años y por méritos propios se han ganado el puesto de jefes y tan buenos en su labor libresca que se han ganado un cargo importante casi de manera inmediata: esos que se leen completos, sin interrupciones desde que se cruza el umbral de la primera página.
Otros llegan y después de un tiempo se van, estos generalmente vienen a hacer auditoría o buscan mejorar las políticas de la empresa porque optimizan el desempeño y reactivan aquellos engranajes que se estaban oxidando.
De todas formas hay unos que se vuelven marginales de este mundo silencioso. Alguien dijo que un libro puede encerrar ideas maravillosas pero mientras nadie lo lea el libro parece muerto. Quizá sea el deseo egoísta de poseer lo que obliga al ojo a posarse en los anaqueles de ferias y las librerías, extraer el dinero y terminar disponiendo de los ahorros.
Comprar un conjunto de letras atrapadas en blanco papel, suponiendo una idea que movió a no pocas personas, ¿cuántas no participan en la producción de un libro? Todo ello se paga.
Una amiga tiene en la casa familiar a García Márquez deteniendo el aparato de DVD y le comenté que ese grado de intimidad doméstica lo alcanzan pocos textos; qué honor formar parte de la familia en tanto que ayuda a la felicidad de todos, incluso de los que no leen.
Otro amigo parafraseó alguna vez la frase que los libros no son para decorar pero qué bien se ve una casa con ellos; quizás soy más decorador que lector, es más: si alguien me contara qué libros tengo y no he leído seguramente lo calificaría como un estúpido completo ¿cómo teniendo semejantes ejemplares en total disposición, nadie los hojea?
No lo sé, esto de los libros nos hace cada vez más petulantes y los Clásicos, para alguien incongruente como yo, son relegados a un “ahora sí, cuando tenga tiempo” y ese tiempo parece no llegar. Me han sentenciado: seguirás comprando libros que no leerás, siempre hay libros que tomamos por necesidad pero al momento de compartir con ellos un espacio, al volverse parte de nuestra cotidianidad, como muchos objetos de nuestra casa o nuestra habitación, dejan de maravillarnos, volviéndose “comunes” a nuestros ojos.
La realidad de prisas y cansancios los envuelve; hasta aquel libro regalado con mucho afecto, el que ocupamos como láudano nocturno, habitante de la cabecera o el mueblecito de cama, pierde atractivo y la rutinaria batalla contra el tráfico y el barullo de la televisión.
Supongo que los libros ilícitos son los más suertudos: se leen de inmediato, como si se tuviera que justificar el hurto leyendo la obra, como un junkie de los libros y si, el libro que se roba es más deseable porque algo nos impedía poseerlo, justificaremos con eso el acto de devorarlo hasta el tuétano y olvidarnos de él.
Estamos sentenciados, anónimos como yo o célebres como Calvino, Reyes, Borges, Poe y tantos otros apilamos como urracas un gozo silencioso, egoísta y secreto. Muchas razones se podrán tener para leer, eso nos lleva a los libros, está bien, eso nos lleva a querer poseer libros; no lo discuto pero ¿cuántos deseos activan la necesidad urgente de poseer un libro?
Ese espacio en mi biblioteca, ese archivo nonato –y no muerto- posee todos los agravantes para ser revisado, interrogado y torturado con el fin de averiguar qué caprichos, qué pulsiones y manías constituyen a su propietario. Lo irónico de la situación es saber de antemano que todos los marginales se esconden entre los normales, y me refiero a mis libros.

Comentarios: davidreportero@yahoo.com.mx

El Rayo Escultor

El Rayo Escultor
David Sandoval
Para Pepe C., otro carveriano

Anoche, muy tarde ya, vi en televisión un documental sobre el escritor norteamericano Raymond Carver. Como uno más de sus personajes, me sentía torpe, insomne y ligeramente solitario.
Los destellos y resplandores de mi televisión a no sé qué horas en la madrugada me parecieron semejantes a los de una fogata de algún explorador perdido en algún bosque perdido. Por desgracia mi fuente de luz no era fuente de calor y tendría que conformarme con una taza de desabrido café.
Vi por primera vez a Raymond Carver y lo escuché narrar con su voz algo ronca y grave uno de tantos relatos cuya lectura me había mantenido despierto; luego estaba hablando ante la cámara, respondiendo posiblemente a un interlocutor y ahí, después de observar detenidamente, me di cuenta de lo que había supuesto.
Tenía esa mirada inquieta y acelerada de alguien que ha vivido fragmentariamente o convertido en fragmentaria su vida. Esa mirada proveniente de unos ojos claros, semejantes a los de un animal nocturno cuando lo iluminan las lámparas, en un cuerpo amplio, tranquilo y manso, con el cabello corto, parecido al que usan los detectives en las películas de los años cincuentas.
Una camisa blanca de manga corta, con una bolsa en el pecho -sin nada en particular- y pantalones de lona más corrientes que comunes me convencieron de que era él. Creo que emanaba de esa imagen una suerte de dilatación, de suspensión inconsciente que permite escribir algo como “Catedral”, donde un invidente pide que le describan una edificación como esa.
Sus familiares y amigos lo llamaban “Ray”, rayo en español; quizá una traducción literal. Previniendo a los incautos y estáticos les diré que “Ray Carver” -traducido salvajemente- sería “rayo escultor” o “rayo incisivo”.
Eso es para mí Raymond Carver.
Sus cuentos parecen creados de golpe y con un tronar lejano que cimbra el horizonte, son cortos destellos que anuncian una tormenta y pueden darse en un día soleado, podría decir también que el rayo es breve, poderoso, fugaz y certero -todos ellos adjetivos- y eso, la carga subjetiva del que observa, del que siente, era el elemento usado por Ray para lograr la intimidad con el lector, ¿cómo? Suprimiéndolos de la escritura.
Lo que no se dice pero se deduce, la sugerencia casi silenciosa que produce aglutinar detalles de la vida cotidiana eran su especialidad, como en el relato “Elefante”, donde lo que rodea a una llamada telefónica puede ser más importante que lo dicho por la línea.
No quiero tratar aquí la polémica sobre la autoría de sus relatos, que si su editor –Gordon Lish- se permitió alterar los finales de sus historias, que si escribía demasiadas palabras; pensaré que Ray escribía a golpes, a martillazos, como un Vulcano desterrado por sus vicios. No podría ser de otra forma: fue alguien rechazado cuando necesitaba aceptación y admirado cuando necesitaba tranquilidad para replantear su vida.
Confiesa en el documental que le gustaba pescar salmón y desde su adolescencia dijo que quería ser escritor. Tenía una nueva esposa –su Adorada Tess- y el último libro que publicó, ya sobrio y con cáncer en el pulmón, era dedicado e inspirado por ella.
En las últimas fotografías que muestra el documental se le ve como un viejo trailero o cazador retirado: camisa de franela a cuadros, jeans gastados, botas de minero, gafas “Ray-Ban” y una gorra con parche, ¿nada extraordinario, verdad Ray?
No hay algo más y Ray lo sabía, ¿qué de bueno puede quedar en este mundo?, quizá la pregunta sea ¿Alguna vez ha habido algo bueno en este mundo? Pregunta sin fondo, respuesta sin fondo; por eso creo que a Ray no le importaba.
Son esos pequeños reflejos, donde se observa a uno mismo, los que valen la pena, pero solo una situación tajante, extraña, álgida, permite las combinaciones de espejos. Uno de los espejos -algo distorsionado- es el alcohol y Ray lo experimentó desde casi todos los ángulos: ebrio, alcohólico, rehabilitado y sobrio pero sobre todo como un cronista conocedor del tema.
Sin embargo su estilo no representa la relación del alcohol con el humano sino explorar las combinaciones que dan retratos, anónimos y sin embargo tan próximos que llegan a ser macabros y aun así puede sonreírse en algún punto de la narración, ¿qué es un relato contado sino un cementerio?
Ray, me gustaría platicar contigo, escuchar qué haces ahora cuando te levantas, seguramente barres la entrada de tu casa o haces el café de la mañana como muchos de tus personajes, como yo también.
Cierto, escribo esto para satisfacer mi egoísmo y ojalá terminaran estas líneas revelándose como creación de uno más de tus personajes –que prometo no volverá a aparecer- quien se queja ante su creador.
Desgraciadamente no es así y afortunadamente nos topamos; nos conocimos porque conocemos a esos personajes de los que hablas, los he visto en carne y hueso, con otros nombres tal vez pero con el mismo peso de la soledad a cuestas y sé que si nos encontráramos realmente por la calle, después de haberte dicho cuánto te admiro dirías “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?”
Habrá que seguirte leyendo, posiblemente me encontraré por ahí regando el jardín o manejando hacia el trabajo, esperando el gran momento de la vida, ese que en realidad –lo sé desde ahora- no me embestirá nunca.

miércoles, diciembre 13, 2006

Haikus

Haikus
Carlos Manuel Galán Paéz
Mi estimado “maestro” de las okas chidas. Había dejado pasar el tiempo sin escribirte, pero ahora aprovecho la oportunidad que me brindas y hago tuyos estos versos, que intento clasificar como haikus. Acuérdate que dice un viejo dicho: “ de médico, poeta y loco, todos tenemos un poco. En mi caso, soy médico, loco… pues hay diversas opiniones y de poeta, espero no se enojen los “grandes” de dicho campo. De manera muy breve te recuerdo que el HAIKU es: composición japonesa muy breve, que data del siglo XVI. Está compuesta de tres versos: el primero de cinco sílabas, el segundo de siete y el último de cinco. José Juan Tablada (mexicano 1871 – 1945) escribe haikus pero sin seguir la regla clásica.

Y sin más, te envío estos:
Luz de tus ojos
beso atrapado en el sol
de tu sonrisa…

salta la gota
que fiel nutre el rosal
de tus cabellos…

conocí tu voz
entendí tu amor fugaz
sentí tu desprecio…

tic tac dijo el reloj de sol
al paso de la nube errante
hecha jirones por el viento…

se consumió un segundo
de la efímera vida
de un parpadeo…

negra la noche
bella la luna
fugaz tu beso…

la noche negra
latir de corazones
tu fugaz beso…


miel en tus labios
fuego en tus sueños de amor
latir de vida…

soñar sin penas
libre de sentimientos
efímero tu beso…

despertar de un sueño
largo como la vida
así es tu amor…
5 octubre 05

lluvia en la noche
es el cantar de las estrellas
que nos aman…

silencio de la selva
en su agonía luminosa
todo es crecer y amar…

roca de espuma
en el vaivén de las brisas
como tu amor

faro sin luz
agonía sin mar
ausencia de juventud

canto diurno
oruga reptante en la luz
fruto maduro


Me escribe el médico y poeta argentino (cordobés –de allá-) José Halac:
Voy por las calles,
buscando la dicha,
el viento la llevó lejos.
Aprovecho contestándole con estos versos (que en forma atrevida llamo “mis haikus”)
Salud poeta
inspírate en los sueños
del viejo hombre.

sueño que soñé
que la verdad era una
amar y vivir.

pobres felices
los que soñamos vivir
de cara al viento.

si el viento
me recuerda al amor
de Dios y las criaturas.

Y como dice la canción, con esto me despido y espero nos sigamos encontrando en el “ciberespacio”
H. Córdoba, Ver a 13 de diciembre de 2006.
Carlos Manuel Galán Páez.

lunes, diciembre 11, 2006

Mi primo el pobre, mi primo el rico

Mi primo el pobre, mi primo el rico

July

La semana pasada lo vi, y si era él, mi primo David, de 25 años aunk parecía tener más edad en esta ocasión. Y kise saludarlo… pero realmente era el mismo David de siempre. El mismo k cuando le pedí k me enseñara a tocar la guitarra, se ofreció inmediatamente a enseñarme (sin cobrarme ni un peso), el mismo apunto de graduarse de licenciado para no tener la misma fortuna que sus padres y vivir atado a una media pobreza, acaso era la cara alegre k yo conozco desde hace años y k sobre todo se ha mantenido adverso a sus propias circunstancias y limitaciones. A veces me he preguntado si realmente “las tocadas” con su guitarra eléctrica, dentro de un centro nocturno de medio nivel, dejan para vivir; No lo sé pero tampoco kisiera preguntárselo pues se me hace de mala educación, seria como una ofensa a su profesión de músico. Profesión sin titulo pero k más sin embargo le deja grandes satisfacciones y esas señores son las k cuentan sobre todas las cosas .. pues cuando lleguemos al final del camino lo único y realmente autentico k nos podemos llevar con nosotros mismo es la realización de nuestras ilusiones….y de saber k “ con dinero y sin el” nos dimos el gusto de lograr algún sueño en nuestra vida. Hay gente muy tacaña consigo misma k se la pasa deseando bienes materiales y no se da cuenta k lo mas importante son nuestras ilusiones … pues cuando nos despidamos para siempre .. Ni el excremento nos podemos llevar con nosotros, solo los recuerdos, las sensaciones de todo lo bello k sentimos cuando fuimos felices al ver cristalizado con todo el honor el hermoso paisaje de nuestros logros.
Pero bueno, ese día no era el mismo. Me acerke hacia él y lo salude con voz triste me dijo: Ah eres tú… hola. Me dio un beso en la mejilla y le pregunte como estaba, me contestó k mal, necesitaba dinero en ese momento para la colegiatura , la deuda con la casa financiera, para comprarse ropa nueva y sobre todo para comer! Me sentí tan mal de saberlo en esa situación tan difícil, y a pesar k eso me dio tristeza….verlo solo y casi al borde de las lagrimas saliendo de sus ojitos… así k mejor me dedik a recuperar y más k nada recordarle la alegría k él siempre ha tenido consigo por poder tocar la guitarra de la forma tan extraordinariamente …cada noche frente a su publico, partiéndose el alma en dos al tono de cada pieza .. k pareciera k fuera a estallar una de esas noches de tanto mover los dedos sobre las cuerdas, y si, sé k fue eso lo que le devolvió la sonrisa al alma y le hizo prohibirle a la demás humanidad robarle el único real y bello sueño de su vida, el estar hay cada noche de cada día difícil en ese lugar en donde solo pueden existir el y su música y su guitarra.

jueves, noviembre 30, 2006

En el 22, allá al fondo


En el 22, allá al fondo

Juan Carlos Plata
“Alma de jarocho, que nació valiente
para sufrir toda su desventura”
Agustín Lara
-¿Qué? ¿No eres machito? Si no eres yo te puedo hacer, mi’jito.
Ramón no hacía caso a las burlas de Ernestina, él sabía que no era miedo, ni falta de ganas; era por falta de dinero que no se había acostado con ella.
Nada más pinche que enamorarse de una puta, le repetía a cada rato Álvaro, su cuate; y todavía peor, enamorarse de una puta casada con un buscapleitos como Andrés Villa.
-Imagínate, se la coge todo aquel que tiene para pagarle; y además, llegando a su casa su marido se la madrea. No’mbre, pura desgracia.
La sentencia de su compañero resonaba en la cabeza de Ramón Huerta cada vez que la veía, como siempre, sentada en la banca del parque Ferrer Guardia, justo enfrente a la entrada de la vecindad en la que vivía.
Había pensado un par de veces en regalarle alguna chuchería de las que venden en el muelle, pero había desechado la idea al imaginarse las mil y una formas en que ella podía burlarse de él. Además, si el asunto de no acostarse con ella era monetario lo mejor que podía hacer era ahorrar.
-Al rato vas a querer madrear a medio muelle, si es que no ha tenido tiempo de cogerse al muelle entero.
Pinche Álvaro, hablaba de lo puta que era Ernestina como si nadie supiera que a Elena –su novia, que trabaja de sirvienta-, se la coge su patrón, el hijo del patrón y los invitados de su patrón.

5 de julio de 1922. 9:00 pm.
La lámpara de petróleo colgada de una viga podrida del techo se balancea sobre las cabezas de la concurrencia. Las desvencijadas paredes de madera apenas eran una defensa contra el ventarrón y la lluvia.
Dentro del pequeño cuarto de vecindad, una veintena de hombres hacían malabares para no pisarse, pero mantenían toda su atención en las palabras del sastre Herón Proal, el presidente del Sindicato Revolucionario de Inquilinos, que había logrado lo que el alcalde de la ciudad no pudo conseguir: agrupar a comunistas, anarquistas y obreros.
La tensión era evidente en el pequeño cuarto, tenían horas tratando de decidir qué hacer con el movimiento: seguir con las protestas pacíficas –propuesta de los comunistas-, o utilizar la fuerza –la de los anarquistas-; llevaban 5 meses de movilizaciones y no había a la vista una solución real.
En el centro del patio de la vecindad, los demás miembros del sindicato esperaban, acurrucados, la resolución.
Sin duda el sindicato estaba en una crisis, aunque en un principio todos estaban de acuerdo en movilizarse, ahora las ideologías de las fracciones parecían cada vez más encontradas.
La lluvia no amainaba y en el cuarto la situación era insostenible, Proal propuso dejar la última votación para el día siguiente a las 5 de la tarde, esperando que con la calma climática llegaran los acuerdos necesarios; para variar, todos estuvieron de acuerdo.
Los asistentes a la reunión se dispersaron, no sin antes recomendarse mutuamente cuidarse de la policía, que si bien no había irrumpido en la sesión del sindicato –como ya se había hecho costumbre-, podía estar esperándolos en la calle.

El Movimiento Inquilinario de Veracruz
“Hacia 1920 la ciudad contaba con unos sesenta mil habitantes contrastados en dos clases sociales.
“Aledaños al núcleo histórico, de edificios de dos pisos, se extendían conjuntos habitacionales de madera llamados patios de vecindad. Cuartos de madera, adosados unos a otros; formaban, generalmente, el frente de una cuadra. Más del 96 por ciento de la población alquilaba viviendas, pues la elite acaparaba la propiedad de las fincas urbanas.
“Los casatenientes aumentaban los alquileres por una costumbre que arrastraban desde que se construyeron las cuarterías, con motivo de la construcción del puerto.
“Los alquileres asfixiaban como calor de mayo. El descontento explotó en 1922 cuando, en enero, las prostitutas protestaron contra los impuestos municipales que los propietarios pretendían pagasen los inquilinos. El alcalde, de extracción obrera, capoteó el problema instando a los casatenientes a que mejorasen la salubridad en 25 patios de vecindad.
“El sastre Herón Proal, de tendencia anarquista, formó el Sindicato Revolucionario de Inquilinos el 5 de febrero de 1922, un mes después las prostitutas que vivían en el patio ‘El Salvador’ se negaron a pagar rentas.
“La protesta rebasó los límites de la ciudad y el estado, de modo que el movimiento fue catalogado de ‘problema nacional’. El Partido Comunista, recién fundado, había dado la consigna de luchar por la vivienda popular, y el presidente Obregón dejó que Adalberto Tejeda, gobernador del estado, resolviera el problema. Tejeda simpatizaba con la postura de los inquilinos.
“Viento en popa por el apoyo de los obreros del puerto, los inquilinos sindicalizados organizaron una huelga general seguida de mítines y manifestaciones, lo que provocó que Álvaro Obregón ordenara al jefe de la plaza que se restableciera el orden”.

5 de julio de 1922. 11:00 pm
Álvaro Huerta y Ramón Calleja se habían quedado afuera de la vecindad haciendo guardia.
-El asunto ya es nacional, Obregón ya habló del caso. Tenemos el apoyo del Partido Comunista, y ya ves, la huelga en el puerto fue un éxito. Las manifestaciones van a toda madre –decía Álvaro mientras le daba el último toque a un Delicado.
Ramón lo escuchaba pero no le quitaba los ojos de encima a Ernestina, la única puta que se había atrevido a salir en una noche como esa.
-Pues tal vez todo vaya a toda madre, pero la pinche policía no nos deja en paz. Por más que al gobernador le caigamos bien y nos apoye el Partido Comunista, los hijos de la chingada estos nos siguen amenazando; dicen que es restablecer el orden, pero yo digo que son mamadas.
Las palabras de Ramón dejaron mudo el ánimo de Álvaro. Ya sin plática de por medio Ramón seguía viendo a Ernestina. ¿Qué carajos la hacía quedarse en esa pinche banca hecha una sopa? Seguramente a esas horas cualquier cliente potencial ya habría recurrido a su mujer o estaría borracho y dormido.

5 de julio de 1922. 2:00 am
La noche era calurosa, como casi todas, y por si fuera poco los mosquitos estaban más salvajes que de costumbre, lo que obligó a los vecinos del patio “El Salvador”, el mismo en el que había nacido el movimiento inquilinario, a encender una fogata para que el humo espantara a la plaga.
Ernestina había caminado desde el parque Ferrer Guardia hasta la calle de Guerrero, después de estar horas esperando clientes –sólo dos en toda la noche-. Al entrar a la vecindad saludó a Oscar Romero que hacía la guardia.
Ya en el patio miró al cielo oscuro y sin estrellas, olía a lluvia. Se detuvo frente a la puerta del número 22 y empujó la puerta.
Apenas puso un pie dentro del minúsculo cuarto y comenzó la lluvia de gritos y chingadazos.
Los ojos desorbitados y las venas del cuello a punto de reventar fueron la única bienvenida de Andrés, su marido.
-¿Cuantas veces te tengo que decir que dejes dinero para comer? No he tragado nada en todo el puto día, ¿eres pendeja o nomás te haces?
El aliento alcohólico de Andrés se estrelló en la cara de Ernestina y no pudo quedarse callada –como tantas y tantas veces-.
-No has tragado pero si tuviste dinero para chupar, ¿no? No tienes madre, por Dios.
El puño estrellándose una y otra vez en su barbilla y sus pómulos, los gritos golpeándole los oídos; la lámpara cayéndose desde el techo, quemando la sábana y el catre; más gritos, ahora desde afuera; la pierna concentrando toda su fuerza y empujando a Andrés hacia el fuego; abrir la puerta, salir corriendo; atravesar el patio, voltear y ver a su marido quemándose vivo; dormir en una banca del parque, la misma en la que había esperado clientes hacía un par de horas. El único atisbo de buena suerte para Ernestina fue que esa noche no cayó una gota de lluvia.

6 de julio de 1922. 1:00 am
Apenas vio a los cuatro policías acercarse por la calle, Ramón corrió al interior del patio para despertar a los compañeros. Álvaro se quedó escondido detrás de unas tablas, desde ahí pudo ver como los uniformados discutían con Ernestina.
No supo que hacer, se dijo a si mismo que no podía hacer una pendejada, las cosas estaban muy tensas con la policía que buscaba cualquier pretexto para caerles a palos.
Le hubiera gustado explicarle esto a Ramón, pero antes de poder decir palabra, lo vio cruzar la calle hacia le parque. Lo escuchó gritarle a los policías, que ya intentaban desnudar a la mujer.
Con los gritos de Ramón salieron todos los vecinos. Armada con palos y piedras, la muchedumbre sorprendió a los policías que no pudieron sacar sus armas, estaban rodeados e indefensos.
Volaron piedras y golpes. En cuestión de minutos llegaron refuerzos de ambos bandos; los policías desde el centro, los inquilinos de la calle de Guerrero y de La Huaca.
Media hora después las cosas no se tranquilizaban. Las escenas se encimaban, eran demasiadas para un par de ojos. Ernestina, tirada justo en medio de la calle sólo veía caras descompuestas por muecas de dolor, puños en una y otra dirección. Ramón sólo veía a Ernestina media desnuda tratando de esquivar las piedras y trataba de acercarse a ella para protegerla; Álvaro vio a dos agentes tirados boca abajo con sendos puñales incrustados en la espalda; Oscar Romero, justo antes de caer desmayado por un macanazo en la nuca, vio como Ramón Huerta cargaba a Ernestina y la llevaba al interior del patio; todo esto mientras y Herón Proal veía como el movimiento se iba a la chingada.

6 de julio de 1922. 7:00 am
Cuando Ramón abrió los ojos vio la lámpara de petróleo que colgaba de la vieja viga de madera que sostenía del techo. Respiró profundo y hasta entonces se dio cuenta de que acostada junto a él estaba Ernestina.
Los golpes en la puerta lo obligaron a levantarse; abrió y pudo ver la derrota en los ojos de Álvaro.
-Detuvieron a Herón, ya valimos madre Ramón, ya valimos madre.
-Eso parece –dijo entre dientes Ramón Huerta-, eso parece.

viernes, octubre 27, 2006

Autobiografias de los escritores de Okas chidas

Autobiografias
de los escritores
de Okas chidas
El Gran Khan pidio a chidas y chidos de estas okas que se definieran, he aquí el resultado:
http://okaschidas.blogspot.com/2005/07/autodefiniciones.html

jueves, octubre 26, 2006

ALTO


ALTO

David Sandoval

para Oscar David

Siempre me ha dado miedo la sangre, también los accidentes. Creo esas fueron las razones que me alejaron pronto de ahí.
Desde que desperté parecía ser un día precioso, todo comenzaba a tomar un buen camino; había sol, hacía mucho calor y era lunes, por fin lunes... después de tantos lunes sin ir a trabajar. No por mi incapacidad, eso había sido antes, luego vino la liquidación y después los tediosos lunes sin hacer nada, levantándome a las dos de la tarde, las pantuflas debajo de la cama y el noticiero del mediodía (¿a las tres de la tarde?) en la televisión.
¡Qué bueno era tener todavía el microondas! Era de lo poco que no había viajado al empeño, directo y sin escalas. La televisión, el horno y el teléfono; por ahí recibí la noticia; pero antes me había preparado innumerables quesadillas, algunas hasta sin queso. Mientras desayunaba, el teléfono timbró y contesté.
Dos semanas antes: los pies desechos. Caminar y caminar, subir escalones, esperar de pie, sentado, afuera, adentro. Sin una gota de alcohol me parecía insoportable. El recordar aquello era lo que me mantenía sobrio. Un profesor universitario sorprendido en su cubículo con una alumna a medio vestir (¿o desvestir?) echándose unas tacitas de wisky, porque los maestros tomamos café.
A la distancia los veía como aquellas escenas que aparecen en las obras del Divino Marqués de Sade, las pinturitas y litografías de pequeñas orgías en palacios, jardines, bosques, graneros, etc. Esos condes, duques y baronesas con peluca y sin calzones, encima del piano, en el pasto y trepados en un balcón... Lo que me subyugaba de las escenas era la impresión de que siempre alguien del cuadro voltea hacia ti o parece que va a voltear.
Cuando mi esposa —maestra también— me sorprendió con Elena.
Prefiero congelar la imagen y convertirla en una de esas escenas, mejor.
No pasaron más de cinco días para quedarme sin empleo y sin esposa; sin muebles y sin dinero. No importaba, por fin había encontrado un trabajo, tantas solicitudes y entrevistas habían rendido frutos. Parcos pero rindieron: maestro de preparatoria abierta... todos los sábados, pocos alumnos y nada de alcohol. Ahora sí iba en serio.
Subí al coche y el movimiento me hizo percibir la loción y el olor del gel de golpe, me terminé de arreglar el cabello en el espejo retrovisor. Llegué a las oficinas de la escuela, firmé el contrato y me entregaron la “guía de materias de preparatoria en sistema abierto”. Nos vemos el sábado a las ocho de la mañana, ¿okey?, dijo el director; un compañero de una que otra juerga en la universidad. ¿Cómo están tus hijos?, me pregunta. Yo no tengo hijos (ni siquiera esposa, pienso para mis adentros); Ah perdón, te estaba confundiendo con otra persona. Y por cierto, ¿Qué te dio por la prepa abierta?
Salgo feliz de ahí, hasta compré un periódico, caminé aprisa y me puse a imaginar la comida que podría comprar con lo que me pagaran —¡no más queso y tortillas!—. En una de las calles vi varios niños amontonados en torno a un hombre, le compraban helados. ¡Claro! Eran vacaciones, me había olvidado por completo, o no me importaba, que era casi lo mismo. Crucé la calle y me acerqué al paletero. Después del abordaje de los piratas infantiles le pedí una paleta de limón —¿Qué otra podía pedir?—, me dijo que ya no tenía, ni una sola paleta había sobrevivido.
Ahí me entró el calor. Comencé a darme cuenta que un bochorno rodeaba mi cuerpo, estaba sudado y olía, ya no a loción, sino a una mezcolanza de sal, mugre, ropa mal planchada y buen humor. Me importó poco el olor pero el bochorno comenzó a incomodarme. Aquí no hay gitanas que vendan Chemise Lacoste “auténticas”, pensé, lo más saludable sería regresar al auto, encender el aire acondicionado y olvidarme del mundo con mi frescura mecánica del ventilador de un Ford LTD Crown Victoria 1979, verde aceituna, por supuesto.
¿Qué mejor a encender el radio a todo volumen, ventanas cerradas y aire frío a toda potencia? ¿Una mujer al lado quizás? No, debe haber cosas que uno disfrute en su propia soledad, y en eso llegó Santana... “Sacrificio del Alma”, ¡Fuuuta! ¿Qué más puedes pedir? Congas, timbales, un bajo poderoso, una guitarra incisiva y un órgano hammond como jalea revolviendo este caldero musical: tan, tarra-ta, tan, ¡yyyyy! —ésa es la guitarra del Santana— tan, tarra-ta, tan; ¡Carajo! de veras que se pude uno perder con esta música.
Recuerdo que había mucho tráfico, pero nada más salir del centro y todo se calma. ¡Cómo hay gente en la calle a estas horas! Ya sé que es verano y son las cuatro de la tarde pero esto es exagerado, me dije. Entonces subí más el volumen de la radio hasta que retumbara mi Victoria en movimiento. ¡Eso era!, ahorita —en ese momento— se me antojaba una Victoria, otra Victoria... mmmmmh, ya estaba paladeando su sabor; que este calor la convertía en un afrodisíaco, me cae que sí. Para mí solito... ¿sigue siendo afrodisíaco? Creo que no pero me vale. Yo quería una cerveza, echarme en mi cama sin sábanas, en calzones, con una Victoria en la mano, luego vendría otra y otra y hasta que la embriaguez me durmiera.
Me sentía libre, invulnerable, iba a tener dinero nuevamente, tendría niñas y jóvenes a mi alcance: adolescentes en fin de cuentas... todavía podía curar dolencias.
Recuerdo que fui acelerando más y más hasta que comencé a bajar por la avenida, al final había un semáforo; iba a la mitad cuando el verde comenzó a parpadear, aceleré y justo antes de llegar al cruce el foco rojo despojó al amarillo sus instantes de gloria, no me importó, el rojo no me impedía alcanzar mi Victoria.
La cabeza del niño quebró el parabrisas. No pensé que llegara hasta el otro extremo de la acera, recuerdo los ojos estupefactos de sus amigos y las bocas que se abrían, parecían conocidos, no sé porqué. Me alejé pronto de ahí, muy pronto. Lo único que sobrevivió al encuentro fueron los pedacitos de paleta de limón en el cofre.
Y sí me compré mi Victoria.

miércoles, octubre 18, 2006

SHUAILA


SHUAILA
Laura Fernández-Montesinos Salamanca

Shuaila danzaba con la noche, pero su danza no era baile, era huída. Una sombra atenazaba cada uno de sus movimientos. No sabía Shuaila donde moverse en un cuarto oscuro. Allá donde sus pies marcaban, una voz respiraba en su cuello. Allá donde sus manos acudían, una fuerza rozaba su piel. Si salía, la sombra la seguía. Había estado así desde hacía días, cuando se encontró con ese desconocido en el mercado. Un desconocido que la miró de repente, con ojos traidores, medio entornados, y labios entre abiertos, sonriendo sin mostrar más que un leve blanco de sus dientes. Una sonrisa tan tentadora como atemorizante. Un medio lado de no querer mirar sin que el resto de la humanidad lo percibiera. Pareció en ese momento que no había nadie a su alrededor, más que ese desconocido y ella. Como si el tiempo se hubiese detenido, y las voces de los mercaderes hubiesen dejado de sonar. Las frutas de oler, y el barro sin pisar.
Shuaila no detuvo más su paso. ¿Quién sería el desconocido que la inquietaba sin más maldad que la de su mirada?. El tiempo volvió a recuperar su plenitud. Otra vez las voces sonaban, la gente caminaba, la fruta olía, y el barro resbalaba. Y ella continuó su camino, pasando a su lado.
- ¡Shuaila!- escuchó.
Shuaila paró de repente en seco y volvió a mirar. Súbitamente el desconocido había desaparecido. Y una flecha sintió pesada hundirse en la carne que rebotaba su sangre desde los cuatro costados de su cuerpo. La atravesaba, se hundía en su corazón…
- ¡Ay!- gritó sin poderse controlar. El dolor era real. -¿Eres tú? – se atrevió a decir.
- Señorita, sí, soy yo, mire que zanahorias tengo hoy para Usted, son …
Shuaila miró al comerciante un minuto con desolación, aturdida porque otro suplantaba al que ella había gritado. De repente se avergonzó por la confusión. ¿Cómo podría explicarse que había desaparecido?, ¿Acaso él tampoco lo había visto, así apoyado en su puesto de verdura?. Sería cierto, en tal caso, que había desaparecido. Y sin embargo ella podría jurar haberlo visto.
- ¿Dónde estás? – añadió en voz casi imperceptible.
- Cuidándote- escuchó a su oído, al tiempo que una exhalación erizaba su piel.
Shuaila dejó de respirar unos segundos. Su rostro se aletargó hasta el extremo de hacerse tan pálido como la luz del sol. Sintió sus miembros tambalearse, sus rodillas perder firmeza, su cabeza rebotar de sangre acumulada, los ojos dejaron de ver por instantes, hasta que sintió una mano que la sujetaba.
- ¿Está bien, señorita?.- se apresuró a preguntar el mismo comerciante, que había salido de detrás de su puesto al verla en tal estado de desmayo.
- Lo siento – corrigió al tiempo que se recuperaba- y corrió calle abajo, para refugiarse en …, en ¡Donde fuera!.
Shuaila lloraba. De miedo, confusión, de histeria, de recuerdos revueltos.
Había vuelto. Aquel que recordaba frecuentemente en sus sueños. Unos sueños que desde niña no la habían dejado de atormentar. A veces moría embebida en placeres de amor. A veces se veía perseguida por cientos de jinetes que terminaban por atraparla. A veces sus pies no eran suficientes para escapar. A veces se veía rodeada por suntuosas telas, un ejército entero se reverenciaba a sus pies cuando salía de la tienda, y a veces, veía, enhiesto, a aquel…guerrero.
Ella sabía que los sueños eran más que sueños. Que aquella persona era real, que la veía, y la mimaba, que la violentaba, y la ataba, que la atormentaba tanto como la amaba, y que le pedía perdón, después de haber estallado en lágrimas y suplicar, hasta que la liberaba de las cuerdas que apretaban sus muñecas.
- Me dominaba en sueños, porque yo lo dominaba a él negándome.- recordaba.
Cuando llegó a su casa, la sombra la cubrió. Se encerró en el cuarto, de paredes de adobe y una chimenea cundida de pieles curtidas. Olía a humedad y a camello. A leche fermentada y a queso viejo. Se vio asaltada.
- Shuaila…- escuchó de nuevo a su oído.
Shuaila respiró despacio y calmó sus nervios.
- ¡Tengo miedo! – gritó. - ¡Si me quieres, no me atemorices!. ¡Déjame verte!.
Un viento cruzó a su lado. Y una sombra se hizo patente, precisa, voluminosa, enorme…una sombra negra que se paró a su lado. Aún en la negrura de la oscuridad, la sombra era aún más negra.
- Shuaila…- se dirigió a ella en voz baja y ronca…-… Donde tú estés, estaré.
- ¿Vienes a protegerme?.
- Vengo a protegerte.
- ¿De qué quieres protegerme?.
Se hizo un vacío.
- No me respondes porque solo vienes a torturarme, como ya habías hecho.
- Vengo a tomar lo que debió ser mío. Lo que debiste darme por propia voluntad. Porque yo haré que tú así lo decidas.
- Nunca fui tuya, ni seré tuya.
- Ahora lo serás, Shuaila. Así en tu vida como en mi muerte. Así en tu muerte te buscaré en vida. Como te he estado buscando hasta ahora, Shuaila. No habrá lucha, y no te irás ahora. No te dejaré ir hasta que no tenga lo que es mío. Seré tu sangre y tu carne. Seré guardián de tus días y tus noches. Seré tu aliento, tu camino, tu vista, la nube que te cubre, el calor que consume, la lluvia que apaga. Seré lo que debí ser desde el principio. Y seremos uno, como debimos ser, por este deseo tan grande que me obligó a buscarte aún en la eternidad.

martes, octubre 10, 2006

Una eternidad la esperaría


Una eternidad te esperaría
Laura Fernández-Montesinos Salamanca
Un viaje trasatlántico de catorce horas. Una amarga sensación de somnolencia por no haber podido dormir bien durante el trayecto, y mi hija mayor soportando estoica con toda la paciencia que le permitían sus cuatro años, cada escala, cada espera en las salas del aeropuerto, cada despegue y cada aterrizaje sin haber soltado una sola lágrima. Algunas quejas por la comida, pero yo ya llevaba preparada una carga de dulces y galletas para que no desmayase de hambre, en previsión de que los empellones primero del autocar, y luego el mareo que le produciría el descenso del avión, provocase náuseas en ese frágil, pequeño y fatigado cuerpo de niña.

No era mi ánimo como otras veces, a pesar de las expresiones y las atrevidas afirmaciones de la chiquilla, que tras una hora de demora dentro del primer avión, y sin poder tomar la pista de despegue, se atrevió a lanzar una exclamación de fastidio, para regocijo de los pasajeros que la escucharon:
- Puf!, mamá, ¡Cuánto tarda el avión en llegar a España!.
No pude evitar reírme, a pesar de que el dolor oprimía y atenazaba mi corazón. Mi hija pequeña de menos de dos años se habría de quedar en México, mientras yo me trasladaba con la mayor a España. La situación obligaba a hacerlo así.
Cuando llegamos a Madrid, mi hermano nos esperaba en el aeropuerto. Nunca hubiese esperado verlo tan entero, incluso risueño, bromista. Eso me ayudó a soportar un rato más las lágrimas que con tanta facilidad afloraban a mis ojos desde que me enteré de la noticia. Desde que mi padre me informó que se moría. Serían todavía cinco horas más de traslado hasta la casa donde había vivido mis últimos veintidós años. Cinco horas de charla y llamadas telefónicas, de impaciencia por mi llegada y por la de la niña, a la que no veían desde hacía casi dos años.
- ¿Cómo estás?. ¿Y el viaje?, ¿Qué tal?. ¿Por dónde venís?. – Preguntaba mi hermana por teléfono.- ¿A qué hora estaréis aquí?.- Insistía. Pero aquellas preguntas iban destinadas a decirme algo más que no se atrevía a hacer directamente. Por fin, tras dos o tres llamadas, se armó de valor.
- Laura- me dijo muy seria- Prepárate. Es muy impresionante lo que vas a ver.
- Ya lo sé – le contesté tratando de contenerme.- Solo quiero verla.
Horas después, casi anocheciendo, llegamos a la casa. Me costaba trabajo entrar, pero por otro lado estaba ansiosa por hacerlo. Y lo que ví no era lo que yo esperaba, o lo que yo me había imaginado, tratando de hacerme a la idea de que no sería la misma persona, de que sería una enferma decaída, casi inerme, totalmente estropeada, con la piel hecha trizas, sin el brillo habitual en sus ojos ni la presencia tan particular. Aquella persona que me esperaba al fondo del salón de la casa, ya a media luz por el ocaso, y con las persianas a medio cerrar para evitar el calor insoportable del verano andaluz, era realmente mi madre. La vi desde la puerta sentada en un sillón individual que me pareció su trono, porque su presencia no había decaído en lo absoluto. Era la misma de siempre, la única diferencia era su calvicie por las horas de radio y quimioterapia. Aquella persona sí me impresionó, como ya me advirtió mi hermana, pero por su solemnidad.
- Pareces una reina, ahí, sentada en tu trono-, me dieron ganas de decirle. Cómo me arrepiento de no haberlo hecho.
Nunca hubiese imaginado que mi madre me esperase, cundida de cáncer como estaba, en tan majestuosa postura, en tan soberbia presencia, en su habitual solemnidad. Sus ojos no estaban apagados a pesar de que ya no veían; ni su piel estropeada, a pesar de la cantidad de medicamentos y el veneno que regaba su sangre; sus labios, apretados como siempre, en una mueca que pretendía ser sonrisa; las mejillas sonrosadas; pero aquello que conmovió hasta las más recónditas de las entrañas de mi cuerpo, fue esa postura en majestad. Su solemnidad, su entereza, su presencia. La de la persona que siempre había sido mi madre. Sí, efectivamente era impresionante.
Cuando me acerqué a ella, pensé que me veía, porque movía su cara y sus ojos hacia mí, pero no me reconoció hasta que le hablé.
- Sí, - me dijo- eres Laura- Pero nunca me contestó como estaba, o como se
sentía. Yo hubiese esperado un mal; un fastidiada; un ya estoy harta de médicos y medicamentos; incluso un hoy me siento mejor, o un hoy no me siento muy bien. Pero ella se limitó a mirarme sin verme. Ya no había luz en sus ojos, pero ella lo simulaba muy bien. Allí estábamos todos, y era en realidad lo único que le importaba.
* Laura Fernández-Montesinos Salamanca (Granada, 1969)

viernes, octubre 06, 2006

“Bajo el puente tiré un poco de sangre...”


“Bajo el puente tiré un poco de sangre...”

David Sandoval


Leí ayer que el espíritu del castillo fortaleza residía en el puente levadizo, podría entenderse que la imagen del puente levadizo es más fuerte que el conjunto de Fortaleza; también podría pensarse que la parte “racional” del castillo no es el puente, éste es el espíritu, el ænima.
El puente es la llave y a la vez la cerradura que permite o niega el paso, el tránsito; y parece que este espíritu del castillo en eso se resuelve, en el recorrer, transitar, trasladarse de un lugar a otro en el mismo espacio. Moverse y simultáneamente permanecer. Te desenvuelves pero estás en armonía. La melodía y el acompañamiento de una canción; o como diría el Capitán Nemo: “Mobilis in Mobili.”
Por alguna misteriosa y oscura razón muchas cerraduras tienen la misma forma que aparece como entrada principal (de la fachada principal) en casas y recintos sagrados por todo el norte de África: Argelia, Marruecos, Egipto y supongo que algunos otros lugares entran también en esta corta lista [arco lobulado, se llama].
La llave es aun más misteriosa, tanto que activa o desactiva un mecanismo que permanece oculto ante nuestros ojos, y como por arte de magia, en un solo movimiento abre o cierra puertas. La llave es sencilla y es poderosa. Al igual que el sello, con un solo movimiento manifiesta su poder latente y hace más poderoso a su dueño por el simple hecho de tenerlo. Pero la llave, al igual que el puente, tienen la gracia o la fortuna de pertenecer a dos mundos distintos, no obstante complementarios: lo conocido y lo desconocido, lo que está dentro ligado a lo que está afuera. Son un nexo breve, sin embargo contundente. No permanecen conectados a ambos mundos por mucho tiempo, por el peligro de que algo entre y también algo salga. De hecho, se cierra con llave y se sube el puente.
Lo fascinante es que siempre lo prohibido, lo cerrado nos incita a tratar de escabullirnos, de quebrar la regla y observar o incluso estar ahí. Desde Alí Baba hasta un voyeurista de finales de los noventas (y del siglo), el contagiarnos del secreto, el descubrir, el entrometerse, el observar, puede nombrarse como un sentimiento muy fuerte. Queremos que nos compartan el secreto. ¿Tendrá el ejercicio antropológico un poco de esto?
No creo que la curiosidad haya matado al gato. Tal vez el gato no era curioso sino estúpido, o más estúpido que curioso. No creo que sea un consejo a seguir el del pobre felino, además ¿qué sabe un gato de puentes, llaves y castillos?
Parece que no llegaré a ninguna parte —al menos en este texto—, el estambre de tinta se me ha hecho nudo y las agujas del cerebro no quieren bordar más, se merecen un sueño, un sueño entre palacios y llaves, castillos y reyes, rajás y princesas...

domingo, agosto 06, 2006

La gente teme


LA GENTE TEME
Graciela Camacho Zamudio
LA GENTE TEME, TEME TANTO...VIVE SIEMPRE SOSTENIENDO ESCAPARATES, COSTUMBRES, TRDICIONES, REGLAS, PARÁMETROS, LINEAMIENTOS, QUE ALGUIEN EN ALGÚN MOMENTO DE SU VIDA DECIDIÓ QUE ASÍ DEBÍA DE SER....QUIEN DICE QUE ASÍ DEBE DE SER? QUIEN,? VIVIMOS ROMPIENDONOS LA MADRE DIARIAMENTE POR TRATAR DE SER, SIMPLEMENTE, DE QUE DE ALGUNA MANERA, AÚN DISFRAZADOS, NOS VEAN!!!! NOS VEAN!
EL MUNDO SE HA VUELTO TAN, TAN PATÉTICO, TAN MENTIROSO, TAN PUSILÁNIME, TAN OJETE, TAN ABSURDO, TAN FALSO, LA FALSEDAD EMANA DE CADA MESA, DE CADA FAMILIA, DE CADA SER...NO PODEMOS COPAR CON LA ABSOLUTA REALIDAD DE QUE NO SOMOS NI QUEREMOS SER COMO NOS DIJERON QUE FUERAMOS....NO, QUERMOS DECIR, OPINAR, SER, SENTIR, VIVIR, CONTRIBUIR....PERO AHI ESTAMOS, COMO UNOS ABSOLUTOS DERROTADOS, JODIDOS, ESE ES MÉXICO NUESTRO...UNOS MAS ACOMODADOS, OTROS MENOS, UNOS MAS PRIVILEGIADOS OTROS MAS JODIDOS, PERO TODOS, ABOSLUTAMENTE TODOS EN UNA REPRESENTACION TAN FALSA Y TAN RISIBLE, TAN ABSURDA Y TAN INSOSTENIBLE....NO QUEREMOS, PORQUE NO PODRÍAMOS VIVIR CON ELLOS, VEEERRR, DARNOS CUENTA DE LA MISERIA ABSOLUTA, LA POBREZA INPERDONABLE, LA DIFERENCIA ABISMAL, LA SÁTIRA QUE ES NUESTRA VIDA MEDIOCRE Y CLASIE MEDIERA EN MÉXICO....
NOS ATERRORIZAMOS DE QUE ALGUIEN LEVANTE LA PINCHE VOZ Y DIGA "ALGO" MAS O MENOS DIGNO DE ESCUCHARSE....INMEDIATA Y ABSOLUTAMENTE CORRIENDO NOS CALLAN, NOS SUELTAN HISTORIAS DE TERROR DE QUÉ PASARÁ CON ESTE PAÍS SI ALGUIEN CON TANTITO SENTIDO COMÚN, CON TANTITA EMPATÍAN HACIA LOS OTROS, LA TOMAN...SOMOS UNA BOLA DE MARICONES....HEMOS VIVIDO EN EL MIEDO ETERNOOOO, DE CONQUISTAS, DE VEJACIONES, DE VITUPERACIÓN...Y HOY, NOS SORPENDEMOS DE QUE LAS FAMILIAS SE ROMPAN??? DE QUE LAS MUJERES FINALMENTEN DIGAN YA NOOOOO, NO QUIERO MAS DE ESTA MIERDA QUE NO ME DEJA SER QUIEN SOY.....DOY GLORIA A DIOS DE QUE HOY, LOS ROMPIENTOS POR DUROS QUE SEAN, POR TERRIBLES QUE NOS PAREZCAN, FINALMENTE DIRAN: SOMOS UN PAÍS DE "AGACHADOS, DE LAME CULOS, DE APABULLADOS, DE ETERNOS VÍCTIMAS, YA NOS ENCANTÓ EL PAPELITO, YA NOS QUEDAMOS AHÍ....ES SUMAMENTE CÓMODO SER LA "VÍCTIMA" CUANDO LA VERDAD ES QUE NOS DA TERROR NO DARLE EN LA MADRE AL VICTIMARIO, CUANDO PODRÍAMOS MOVIENDO UNA MANO... UNA.....

ESTOY HASTA LA MADRE DE VIVIR EN UN PAÍS, QUE DESDE QUE NACÍ HE OÍDO ES EL AGACHADO, EL RIDÍCULO, EL PENDEJETE, EL PATIO TRASERO DE TODOS LOS DEMAS, LLÁMENSE CHINA, JAPÓN, E.U., EUROPA, ETC.....AGACHADOS JODIDOS, TEMEROSOS, Y ASÍ, LAS MUJERES CRECIMOS, HASTA QUE ALGO, ALGO NOS HIZO VER QUE NO TENÍAMOS PORQUE SOPORTAR TANTA VILEZA, TANTA INSEGURIDAD MILENATIRA... TANTA COBARDÍA DISFRAZADA DE PODER....NO, POR ESO SE ROMPEN LAS FAMILIAS HOY, POR ESO, PORQUE YA NO SOPORTAMOS UN PINCHE SEGUNDO PAPELITO, PORQUE SOMOS UNAS IGUAL QUE UNOS, PRQUE HEMOS SOPORTADO MILENIOS DE HUMILLACION, TAN ESTÚPIDA Y ABSURDA, QUE HOY RESULTA, SOMOS SIETE MIL VECES MÁS CHINGONAS EN TODOS SENTIDOS QUE LOS HOMBRES, POR DIOS!!!! ABRAMOS LOS OJOS, EL MUNDO CAMBIA, Y ESOS ROMPIMIENTOS NO SON DE GRATIS....SON PROQUE LOS PARÁMETROS CON LOS QUE HEMOS ESTADO JUGANDO POR SIGLOS, YA NO SIRVEN, YA NO FUNCIONAN, YA NO PUEDEN EXISTIR.

AHORA RESULTA QUE LOS ARCHI PRIIISTAS, ( MI EX ENTRE OTROS) PUES QUE YA SE VOLVIERON PANISTAS????? QUE ES ESTO....PAN??? ARCHI DERECHA, MOCHOS, JODIDOS, FAMILITAS PENDEJITAS BAJO EL MISMO PARÁMETRO DE HACE SIGLOS??? COÑO, BUSQUEMOS Y TENGAMOS VOOOOOOZZZ,, RETOMEMOS LA VOZ, BASTA DE VEJACIONES INMERECIDAS, DE VITUPERACIONES DE AGACHARNOS... BASTA YA! ESTE PAÍS SI NO CAMBIA RADICALMENTE, RADICALÍSIMAMENTE, SEGUIRA ETERNIZADO ENTRE UN PRI ARCAICO, CORRUPTO , VIL, PREPOTENTE Y CERDO Y UN PAN QUE DISQUE VIENE A "VANAGLORIARSE!" CON PRINCPIOS Y PRECEPTOS, QUE COÑO, EXISTEN DESDE QUE PLATÓN, ARISTÓTELES Y CUANTO PENSADOR QUE SE PRECIE DE SERLO EXISTEN....NO VOVAMOS A DESCUBRIR EL HILITO DE ORO...LLEVAMOS SIGLOS DE QUE NOS APENDEJEN...SEAMOS!!!