viernes, octubre 27, 2006

Autobiografias de los escritores de Okas chidas

Autobiografias
de los escritores
de Okas chidas
El Gran Khan pidio a chidas y chidos de estas okas que se definieran, he aquí el resultado:
http://okaschidas.blogspot.com/2005/07/autodefiniciones.html

jueves, octubre 26, 2006

ALTO


ALTO

David Sandoval

para Oscar David

Siempre me ha dado miedo la sangre, también los accidentes. Creo esas fueron las razones que me alejaron pronto de ahí.
Desde que desperté parecía ser un día precioso, todo comenzaba a tomar un buen camino; había sol, hacía mucho calor y era lunes, por fin lunes... después de tantos lunes sin ir a trabajar. No por mi incapacidad, eso había sido antes, luego vino la liquidación y después los tediosos lunes sin hacer nada, levantándome a las dos de la tarde, las pantuflas debajo de la cama y el noticiero del mediodía (¿a las tres de la tarde?) en la televisión.
¡Qué bueno era tener todavía el microondas! Era de lo poco que no había viajado al empeño, directo y sin escalas. La televisión, el horno y el teléfono; por ahí recibí la noticia; pero antes me había preparado innumerables quesadillas, algunas hasta sin queso. Mientras desayunaba, el teléfono timbró y contesté.
Dos semanas antes: los pies desechos. Caminar y caminar, subir escalones, esperar de pie, sentado, afuera, adentro. Sin una gota de alcohol me parecía insoportable. El recordar aquello era lo que me mantenía sobrio. Un profesor universitario sorprendido en su cubículo con una alumna a medio vestir (¿o desvestir?) echándose unas tacitas de wisky, porque los maestros tomamos café.
A la distancia los veía como aquellas escenas que aparecen en las obras del Divino Marqués de Sade, las pinturitas y litografías de pequeñas orgías en palacios, jardines, bosques, graneros, etc. Esos condes, duques y baronesas con peluca y sin calzones, encima del piano, en el pasto y trepados en un balcón... Lo que me subyugaba de las escenas era la impresión de que siempre alguien del cuadro voltea hacia ti o parece que va a voltear.
Cuando mi esposa —maestra también— me sorprendió con Elena.
Prefiero congelar la imagen y convertirla en una de esas escenas, mejor.
No pasaron más de cinco días para quedarme sin empleo y sin esposa; sin muebles y sin dinero. No importaba, por fin había encontrado un trabajo, tantas solicitudes y entrevistas habían rendido frutos. Parcos pero rindieron: maestro de preparatoria abierta... todos los sábados, pocos alumnos y nada de alcohol. Ahora sí iba en serio.
Subí al coche y el movimiento me hizo percibir la loción y el olor del gel de golpe, me terminé de arreglar el cabello en el espejo retrovisor. Llegué a las oficinas de la escuela, firmé el contrato y me entregaron la “guía de materias de preparatoria en sistema abierto”. Nos vemos el sábado a las ocho de la mañana, ¿okey?, dijo el director; un compañero de una que otra juerga en la universidad. ¿Cómo están tus hijos?, me pregunta. Yo no tengo hijos (ni siquiera esposa, pienso para mis adentros); Ah perdón, te estaba confundiendo con otra persona. Y por cierto, ¿Qué te dio por la prepa abierta?
Salgo feliz de ahí, hasta compré un periódico, caminé aprisa y me puse a imaginar la comida que podría comprar con lo que me pagaran —¡no más queso y tortillas!—. En una de las calles vi varios niños amontonados en torno a un hombre, le compraban helados. ¡Claro! Eran vacaciones, me había olvidado por completo, o no me importaba, que era casi lo mismo. Crucé la calle y me acerqué al paletero. Después del abordaje de los piratas infantiles le pedí una paleta de limón —¿Qué otra podía pedir?—, me dijo que ya no tenía, ni una sola paleta había sobrevivido.
Ahí me entró el calor. Comencé a darme cuenta que un bochorno rodeaba mi cuerpo, estaba sudado y olía, ya no a loción, sino a una mezcolanza de sal, mugre, ropa mal planchada y buen humor. Me importó poco el olor pero el bochorno comenzó a incomodarme. Aquí no hay gitanas que vendan Chemise Lacoste “auténticas”, pensé, lo más saludable sería regresar al auto, encender el aire acondicionado y olvidarme del mundo con mi frescura mecánica del ventilador de un Ford LTD Crown Victoria 1979, verde aceituna, por supuesto.
¿Qué mejor a encender el radio a todo volumen, ventanas cerradas y aire frío a toda potencia? ¿Una mujer al lado quizás? No, debe haber cosas que uno disfrute en su propia soledad, y en eso llegó Santana... “Sacrificio del Alma”, ¡Fuuuta! ¿Qué más puedes pedir? Congas, timbales, un bajo poderoso, una guitarra incisiva y un órgano hammond como jalea revolviendo este caldero musical: tan, tarra-ta, tan, ¡yyyyy! —ésa es la guitarra del Santana— tan, tarra-ta, tan; ¡Carajo! de veras que se pude uno perder con esta música.
Recuerdo que había mucho tráfico, pero nada más salir del centro y todo se calma. ¡Cómo hay gente en la calle a estas horas! Ya sé que es verano y son las cuatro de la tarde pero esto es exagerado, me dije. Entonces subí más el volumen de la radio hasta que retumbara mi Victoria en movimiento. ¡Eso era!, ahorita —en ese momento— se me antojaba una Victoria, otra Victoria... mmmmmh, ya estaba paladeando su sabor; que este calor la convertía en un afrodisíaco, me cae que sí. Para mí solito... ¿sigue siendo afrodisíaco? Creo que no pero me vale. Yo quería una cerveza, echarme en mi cama sin sábanas, en calzones, con una Victoria en la mano, luego vendría otra y otra y hasta que la embriaguez me durmiera.
Me sentía libre, invulnerable, iba a tener dinero nuevamente, tendría niñas y jóvenes a mi alcance: adolescentes en fin de cuentas... todavía podía curar dolencias.
Recuerdo que fui acelerando más y más hasta que comencé a bajar por la avenida, al final había un semáforo; iba a la mitad cuando el verde comenzó a parpadear, aceleré y justo antes de llegar al cruce el foco rojo despojó al amarillo sus instantes de gloria, no me importó, el rojo no me impedía alcanzar mi Victoria.
La cabeza del niño quebró el parabrisas. No pensé que llegara hasta el otro extremo de la acera, recuerdo los ojos estupefactos de sus amigos y las bocas que se abrían, parecían conocidos, no sé porqué. Me alejé pronto de ahí, muy pronto. Lo único que sobrevivió al encuentro fueron los pedacitos de paleta de limón en el cofre.
Y sí me compré mi Victoria.

miércoles, octubre 18, 2006

SHUAILA


SHUAILA
Laura Fernández-Montesinos Salamanca

Shuaila danzaba con la noche, pero su danza no era baile, era huída. Una sombra atenazaba cada uno de sus movimientos. No sabía Shuaila donde moverse en un cuarto oscuro. Allá donde sus pies marcaban, una voz respiraba en su cuello. Allá donde sus manos acudían, una fuerza rozaba su piel. Si salía, la sombra la seguía. Había estado así desde hacía días, cuando se encontró con ese desconocido en el mercado. Un desconocido que la miró de repente, con ojos traidores, medio entornados, y labios entre abiertos, sonriendo sin mostrar más que un leve blanco de sus dientes. Una sonrisa tan tentadora como atemorizante. Un medio lado de no querer mirar sin que el resto de la humanidad lo percibiera. Pareció en ese momento que no había nadie a su alrededor, más que ese desconocido y ella. Como si el tiempo se hubiese detenido, y las voces de los mercaderes hubiesen dejado de sonar. Las frutas de oler, y el barro sin pisar.
Shuaila no detuvo más su paso. ¿Quién sería el desconocido que la inquietaba sin más maldad que la de su mirada?. El tiempo volvió a recuperar su plenitud. Otra vez las voces sonaban, la gente caminaba, la fruta olía, y el barro resbalaba. Y ella continuó su camino, pasando a su lado.
- ¡Shuaila!- escuchó.
Shuaila paró de repente en seco y volvió a mirar. Súbitamente el desconocido había desaparecido. Y una flecha sintió pesada hundirse en la carne que rebotaba su sangre desde los cuatro costados de su cuerpo. La atravesaba, se hundía en su corazón…
- ¡Ay!- gritó sin poderse controlar. El dolor era real. -¿Eres tú? – se atrevió a decir.
- Señorita, sí, soy yo, mire que zanahorias tengo hoy para Usted, son …
Shuaila miró al comerciante un minuto con desolación, aturdida porque otro suplantaba al que ella había gritado. De repente se avergonzó por la confusión. ¿Cómo podría explicarse que había desaparecido?, ¿Acaso él tampoco lo había visto, así apoyado en su puesto de verdura?. Sería cierto, en tal caso, que había desaparecido. Y sin embargo ella podría jurar haberlo visto.
- ¿Dónde estás? – añadió en voz casi imperceptible.
- Cuidándote- escuchó a su oído, al tiempo que una exhalación erizaba su piel.
Shuaila dejó de respirar unos segundos. Su rostro se aletargó hasta el extremo de hacerse tan pálido como la luz del sol. Sintió sus miembros tambalearse, sus rodillas perder firmeza, su cabeza rebotar de sangre acumulada, los ojos dejaron de ver por instantes, hasta que sintió una mano que la sujetaba.
- ¿Está bien, señorita?.- se apresuró a preguntar el mismo comerciante, que había salido de detrás de su puesto al verla en tal estado de desmayo.
- Lo siento – corrigió al tiempo que se recuperaba- y corrió calle abajo, para refugiarse en …, en ¡Donde fuera!.
Shuaila lloraba. De miedo, confusión, de histeria, de recuerdos revueltos.
Había vuelto. Aquel que recordaba frecuentemente en sus sueños. Unos sueños que desde niña no la habían dejado de atormentar. A veces moría embebida en placeres de amor. A veces se veía perseguida por cientos de jinetes que terminaban por atraparla. A veces sus pies no eran suficientes para escapar. A veces se veía rodeada por suntuosas telas, un ejército entero se reverenciaba a sus pies cuando salía de la tienda, y a veces, veía, enhiesto, a aquel…guerrero.
Ella sabía que los sueños eran más que sueños. Que aquella persona era real, que la veía, y la mimaba, que la violentaba, y la ataba, que la atormentaba tanto como la amaba, y que le pedía perdón, después de haber estallado en lágrimas y suplicar, hasta que la liberaba de las cuerdas que apretaban sus muñecas.
- Me dominaba en sueños, porque yo lo dominaba a él negándome.- recordaba.
Cuando llegó a su casa, la sombra la cubrió. Se encerró en el cuarto, de paredes de adobe y una chimenea cundida de pieles curtidas. Olía a humedad y a camello. A leche fermentada y a queso viejo. Se vio asaltada.
- Shuaila…- escuchó de nuevo a su oído.
Shuaila respiró despacio y calmó sus nervios.
- ¡Tengo miedo! – gritó. - ¡Si me quieres, no me atemorices!. ¡Déjame verte!.
Un viento cruzó a su lado. Y una sombra se hizo patente, precisa, voluminosa, enorme…una sombra negra que se paró a su lado. Aún en la negrura de la oscuridad, la sombra era aún más negra.
- Shuaila…- se dirigió a ella en voz baja y ronca…-… Donde tú estés, estaré.
- ¿Vienes a protegerme?.
- Vengo a protegerte.
- ¿De qué quieres protegerme?.
Se hizo un vacío.
- No me respondes porque solo vienes a torturarme, como ya habías hecho.
- Vengo a tomar lo que debió ser mío. Lo que debiste darme por propia voluntad. Porque yo haré que tú así lo decidas.
- Nunca fui tuya, ni seré tuya.
- Ahora lo serás, Shuaila. Así en tu vida como en mi muerte. Así en tu muerte te buscaré en vida. Como te he estado buscando hasta ahora, Shuaila. No habrá lucha, y no te irás ahora. No te dejaré ir hasta que no tenga lo que es mío. Seré tu sangre y tu carne. Seré guardián de tus días y tus noches. Seré tu aliento, tu camino, tu vista, la nube que te cubre, el calor que consume, la lluvia que apaga. Seré lo que debí ser desde el principio. Y seremos uno, como debimos ser, por este deseo tan grande que me obligó a buscarte aún en la eternidad.

martes, octubre 10, 2006

Una eternidad la esperaría


Una eternidad te esperaría
Laura Fernández-Montesinos Salamanca
Un viaje trasatlántico de catorce horas. Una amarga sensación de somnolencia por no haber podido dormir bien durante el trayecto, y mi hija mayor soportando estoica con toda la paciencia que le permitían sus cuatro años, cada escala, cada espera en las salas del aeropuerto, cada despegue y cada aterrizaje sin haber soltado una sola lágrima. Algunas quejas por la comida, pero yo ya llevaba preparada una carga de dulces y galletas para que no desmayase de hambre, en previsión de que los empellones primero del autocar, y luego el mareo que le produciría el descenso del avión, provocase náuseas en ese frágil, pequeño y fatigado cuerpo de niña.

No era mi ánimo como otras veces, a pesar de las expresiones y las atrevidas afirmaciones de la chiquilla, que tras una hora de demora dentro del primer avión, y sin poder tomar la pista de despegue, se atrevió a lanzar una exclamación de fastidio, para regocijo de los pasajeros que la escucharon:
- Puf!, mamá, ¡Cuánto tarda el avión en llegar a España!.
No pude evitar reírme, a pesar de que el dolor oprimía y atenazaba mi corazón. Mi hija pequeña de menos de dos años se habría de quedar en México, mientras yo me trasladaba con la mayor a España. La situación obligaba a hacerlo así.
Cuando llegamos a Madrid, mi hermano nos esperaba en el aeropuerto. Nunca hubiese esperado verlo tan entero, incluso risueño, bromista. Eso me ayudó a soportar un rato más las lágrimas que con tanta facilidad afloraban a mis ojos desde que me enteré de la noticia. Desde que mi padre me informó que se moría. Serían todavía cinco horas más de traslado hasta la casa donde había vivido mis últimos veintidós años. Cinco horas de charla y llamadas telefónicas, de impaciencia por mi llegada y por la de la niña, a la que no veían desde hacía casi dos años.
- ¿Cómo estás?. ¿Y el viaje?, ¿Qué tal?. ¿Por dónde venís?. – Preguntaba mi hermana por teléfono.- ¿A qué hora estaréis aquí?.- Insistía. Pero aquellas preguntas iban destinadas a decirme algo más que no se atrevía a hacer directamente. Por fin, tras dos o tres llamadas, se armó de valor.
- Laura- me dijo muy seria- Prepárate. Es muy impresionante lo que vas a ver.
- Ya lo sé – le contesté tratando de contenerme.- Solo quiero verla.
Horas después, casi anocheciendo, llegamos a la casa. Me costaba trabajo entrar, pero por otro lado estaba ansiosa por hacerlo. Y lo que ví no era lo que yo esperaba, o lo que yo me había imaginado, tratando de hacerme a la idea de que no sería la misma persona, de que sería una enferma decaída, casi inerme, totalmente estropeada, con la piel hecha trizas, sin el brillo habitual en sus ojos ni la presencia tan particular. Aquella persona que me esperaba al fondo del salón de la casa, ya a media luz por el ocaso, y con las persianas a medio cerrar para evitar el calor insoportable del verano andaluz, era realmente mi madre. La vi desde la puerta sentada en un sillón individual que me pareció su trono, porque su presencia no había decaído en lo absoluto. Era la misma de siempre, la única diferencia era su calvicie por las horas de radio y quimioterapia. Aquella persona sí me impresionó, como ya me advirtió mi hermana, pero por su solemnidad.
- Pareces una reina, ahí, sentada en tu trono-, me dieron ganas de decirle. Cómo me arrepiento de no haberlo hecho.
Nunca hubiese imaginado que mi madre me esperase, cundida de cáncer como estaba, en tan majestuosa postura, en tan soberbia presencia, en su habitual solemnidad. Sus ojos no estaban apagados a pesar de que ya no veían; ni su piel estropeada, a pesar de la cantidad de medicamentos y el veneno que regaba su sangre; sus labios, apretados como siempre, en una mueca que pretendía ser sonrisa; las mejillas sonrosadas; pero aquello que conmovió hasta las más recónditas de las entrañas de mi cuerpo, fue esa postura en majestad. Su solemnidad, su entereza, su presencia. La de la persona que siempre había sido mi madre. Sí, efectivamente era impresionante.
Cuando me acerqué a ella, pensé que me veía, porque movía su cara y sus ojos hacia mí, pero no me reconoció hasta que le hablé.
- Sí, - me dijo- eres Laura- Pero nunca me contestó como estaba, o como se
sentía. Yo hubiese esperado un mal; un fastidiada; un ya estoy harta de médicos y medicamentos; incluso un hoy me siento mejor, o un hoy no me siento muy bien. Pero ella se limitó a mirarme sin verme. Ya no había luz en sus ojos, pero ella lo simulaba muy bien. Allí estábamos todos, y era en realidad lo único que le importaba.
* Laura Fernández-Montesinos Salamanca (Granada, 1969)

viernes, octubre 06, 2006

“Bajo el puente tiré un poco de sangre...”


“Bajo el puente tiré un poco de sangre...”

David Sandoval


Leí ayer que el espíritu del castillo fortaleza residía en el puente levadizo, podría entenderse que la imagen del puente levadizo es más fuerte que el conjunto de Fortaleza; también podría pensarse que la parte “racional” del castillo no es el puente, éste es el espíritu, el ænima.
El puente es la llave y a la vez la cerradura que permite o niega el paso, el tránsito; y parece que este espíritu del castillo en eso se resuelve, en el recorrer, transitar, trasladarse de un lugar a otro en el mismo espacio. Moverse y simultáneamente permanecer. Te desenvuelves pero estás en armonía. La melodía y el acompañamiento de una canción; o como diría el Capitán Nemo: “Mobilis in Mobili.”
Por alguna misteriosa y oscura razón muchas cerraduras tienen la misma forma que aparece como entrada principal (de la fachada principal) en casas y recintos sagrados por todo el norte de África: Argelia, Marruecos, Egipto y supongo que algunos otros lugares entran también en esta corta lista [arco lobulado, se llama].
La llave es aun más misteriosa, tanto que activa o desactiva un mecanismo que permanece oculto ante nuestros ojos, y como por arte de magia, en un solo movimiento abre o cierra puertas. La llave es sencilla y es poderosa. Al igual que el sello, con un solo movimiento manifiesta su poder latente y hace más poderoso a su dueño por el simple hecho de tenerlo. Pero la llave, al igual que el puente, tienen la gracia o la fortuna de pertenecer a dos mundos distintos, no obstante complementarios: lo conocido y lo desconocido, lo que está dentro ligado a lo que está afuera. Son un nexo breve, sin embargo contundente. No permanecen conectados a ambos mundos por mucho tiempo, por el peligro de que algo entre y también algo salga. De hecho, se cierra con llave y se sube el puente.
Lo fascinante es que siempre lo prohibido, lo cerrado nos incita a tratar de escabullirnos, de quebrar la regla y observar o incluso estar ahí. Desde Alí Baba hasta un voyeurista de finales de los noventas (y del siglo), el contagiarnos del secreto, el descubrir, el entrometerse, el observar, puede nombrarse como un sentimiento muy fuerte. Queremos que nos compartan el secreto. ¿Tendrá el ejercicio antropológico un poco de esto?
No creo que la curiosidad haya matado al gato. Tal vez el gato no era curioso sino estúpido, o más estúpido que curioso. No creo que sea un consejo a seguir el del pobre felino, además ¿qué sabe un gato de puentes, llaves y castillos?
Parece que no llegaré a ninguna parte —al menos en este texto—, el estambre de tinta se me ha hecho nudo y las agujas del cerebro no quieren bordar más, se merecen un sueño, un sueño entre palacios y llaves, castillos y reyes, rajás y princesas...