viernes, julio 22, 2005

Niñitas que fuman

Niñitas que fuman
Juan Carlos Plata

Para el De Luna, por la anécdota
y por aparecer “as himself”

I) Poca cosa

¿Qué puede uno pensar cuando una mujer, que se viste con ropa que uno le compra, come comida que a uno le cuesta, vive en una casa que uno construyó, se cuelga en el cuello y en las manos joyas que se pagan con la cuenta de banco de uno, tiene la poca puta madre de decirle a uno que es poca cosa?
¿Poca cosa?, ¿yo soy poca cosa? Puedo ser un pinchurriento asaltante de bancos, no digo que no, pero no soy un poca cosa.
Conocí a la tal mujer en uno de los primeros asaltos, en un Bancomer de avenida Revolución, fue la única vez que estuvimos a punto de valer madre, un pinche policía que estaba arreglando un contacto eléctrico atrás de las cajas, y al que no habíamos amarrado a las macetas del salón, me apuntaba con una pistola que ve tú a saber si servía o no, ella estaba parada junto a mí y lo primero que se me ocurrió fue agarrarla de escudo humano.
Salí del banco abrazado de ella y caminando de espaldas, la subí conmigo al carro que ya nos esperaba en la avenida.
Bonita ella, le vi cara hasta que estábamos en el carro, güerita, de pelo corto, ojos verdes, llevaba pantalones de mezclilla y una blusa amarilla, hasta tuvimos tiempo para platicar, la fuimos a dejar hasta por Indios Verdes, cuando se bajó del carro metí en su bolsa un teléfono celular, para hablarle después.
Nunca he sido carita, la verdad, pero pos uno tiene su público; le hablé en la noche de ese mismo día y aceptó verme, digamos, en otro plan.
Resultó tener 24 años, vendía lencería por catálogo y quería estudiar Psicología pero el varo no le alcanzaba, y desprendido que es uno, me ofrecí a echarle la mano, le pagué los 4 años de la carrera en la Ibero; le compré un carrito, no era de lujo pero era nuevo; renté un departamento para ella, lo amueblé y hasta SKY le puse, además le daba una lana a la semana para que no se distrajera trabajando.
Cuando terminó la carrera, la muy cabrona me dijo que quería estudiar una maestría en Terapia Ocupacional. Mamadas, pretextos para no trabajar. Yo de Terapia Ocupacional no sabía una chingada, pero ahí va don pendejo a pagarle su maestría.
Total que la he mantenido siete años y hoy en la mañana la muy hija de la chingada me sale con que soy un poca cosa.
Poca cosa.
Esa gente que pasa por la escuela se cree mejor que la gente que paga para que ellos pasen por la escuela.
Poca cosa, para mí, que soy un asaltabancos, el “Jarocho” como me dicen mis cuates, es la gente que no sabe ganarse la comida que se traga.

-¿Jarocho?, no te vayas a enojar, mi estimado, pero tus viejas me valen madre. Podemos acabar con nuestro asunto de una vez –interrumpió el tipo vestido de traje y de lentes diminutos.
-Mta madre, seguramente mis problemas te parecen poca cosa, ¿no?
-No, no me parecen poca cosa, me valen madre.
-Okey, a estos pinches gerentitos a los que no se les para el pito nomás quieren hablar de dinero, la viejas ya no les importan –dijo el Jarocho intercambiando una sonrisa burlona con el chaparrito metido a huevo en una playera de los Tiburones Rojos de Veracruz que terciaba la plática.
-Hablamos de dinero porque tenemos, Jarocho, si no tuviéramos hablaríamos de putitas que recogemos en los bancos –reviró el hombre del traje.
-Mira cabrón, no creas que me caes también como para no darte una bola de chingadazos, vine hoy porque tú eres lo suficientemente puto como para no poder hacer algo y quieres que yo lo haga por ti, así que saca la chequera, explícame de que se trata y disponte a gastar un poco de ese dinero que le robas a la gente.
-Mira nada más, el pinche asaltabancos hablando de justicia social. Eres el Robin Hood de la Agrícola Oriental.
-Dime qué quieres que haga, lo hago, me pagas y luego nos vemos para que te rompa la madre –dijo el Jarocho.
-La persona a la que represento quiere que saques a 6 cabrones del bote y los lleves a Cancún
-¿Cuál?
-Reclusorio Oriente, están ahí por pendejaditas como narcomenudeo; los necesitamos afuera para unos negocios.
-¿Para cuándo los quieres en la playa?
-La semana que entra. Ellos ya saben que vas a ir a verlos para ponerse de acuerdo, por mí puedes volar el puto edificio, quiero fuera a esos 6.
-Hecho.

Apenas habían puesto los pies en la calle sonó el celular del Jarocho, éste, sin prisa desenfundó el aparatito, pulsó un botón y gritó:
-Poca cosa tu chingada madre –luego colgó.

II)

La fiesta la organizó el güey que se la había pasado toda la noche contándole a quien se dejara cuántas horas había invertido en su bronceado y que tocaba la guitarra en el grupo.
A las casi 15 chiquillas –que a todas luces querían coger con cualquier cosa que tocara un instrumento musical- las había traído la novia del baterista, que a esas alturas ya estaba bastante peda y que en varias ocasiones había insinuado –a gritos- a la concurrencia que ella si se atrevía a hacer un trío.
En total unas 35 personas en el departamentito que la constructora recomendaba para no más de 5; cerveza para los rudos rockeros, Boones y margaritas para las muchachas de gargantas menos educadas. Big time party, según el único gringo colado.
Nadie lo había visto feo por haber llevado solamente una bolsa de Sabritones, ni nadie le había escatimado las cervezas, aunque él sabía llevaba por lo menos 15 y todavía ninguna de las invitadas había siquiera amagado con sacarse la blusa. La fiesta no estaba mal, pero Eduardo De Luna, Jarocho le decían los que lo conocían –que no pasaban de dos en la fiesta-, ya había optado por sentarse en la silla del rincón, junto a la ventana que daba a la alberca.
Las técnicas antes infalibles para apantallar chiquillas ya fallaban, eran en parte los 27 años, la panza que ya se notaba debajo de la playera de Placebo y que ya en estos tiempos tocar la guitarra y ser asediado por las mujeres nomás es para los guapos y no para los buenos guitarristas. Ahora tocaba turno a la última de las opciones, quedarse callado para hacerse el interesante, que además en medio de tanto ruido tenía buenas posibilidades de rendir frutos.
De Luna había caído por invitación de Joss –seguramente revisando su acta de nacimiento resultaría Juan o José o Josafat-, guitarrista de una pestilente banda de hardcore que tocaba covers de Slipknot y Papa Roach en las tocadas que se organizaban en la región 94, a la vuelta del cuarto que De Luna rentaba, y que se ganaba la vida tocando canciones de Soda Stereo y Enanitos Verdes en los antros de Cancún.
La técnica de emergencia sólo congregó al tal Joss a la silla junto a De Luna.

-¿Qué pedo Jarocho? ¿No mames que te estás aburriendo? –dijo Joss secándose el sudor y cubriéndose la espalda con una toalla.
-No, nomás pensaba cómo caerle a una de las morras y ya te dije que mejor me digas De Luna –respondió Eduardo y de un trago vació la botella de cerveza recorriendo con la mirada todo el departamento.
-¿Quieres que te traiga una? Allá sobran.
-No mames, ¿de plano me veo tan pendejo?
-Danny –grito el rockero y se levantó para tomar del brazo a una de las chavas y traerla hasta ese rincón-, te presento a De Luna, le decimos el Jarocho y toca la guitarra.

Danny resultó ser la más chaparrita de las grupies –no más de 1.50-, pero no por ello la menos buena, antes de que De Luna pudiera saludarla tenía a 5 centímetros de su cara un minúsculo short de mezclilla sin abotonar y con el cierre bajado que se sostenía a presión en las caderas de Danny y dejaba ver unos 4 centímetros cuadrados de una tanga verde y rosa fosforecente que hacía juego con el sostén.

-¿Te dicen el jarocho? -preguntó Danny mientras se agachaba para saludarlo de beso dejando ver tres cuartas partes de un par de senos 34-C, calculó De Luna-, hace no mucho conocí a un tipo apodado igual.
-De Luna me dicen mis cuates, lo de Jarocho fue invento de Joss –respondió De Luna-, ¿quieres algo de beber?
-Algo de fumar, mejor.

De Luna sacó la cajetilla de Marlboro que había escondido durante horas y que había tomado en custodia de la mesa de la cocina, se la dio a Danny, le prendió el cigarro y luego se sentó en el piso, frente a la silla que ahora ocupaba la chiquilla. Joss al ver su trabajo terminado se fue a buscar una chiquilla con la que hablar de sus solos de guitarra.

-¿Y el Jarocho al que conociste traía puesta una playera del Tiburón? –dijo De Luna tratando de iniciar una conversación que fuera a algún lado, sexualmente hablando.
-Él no, su amigo sí, y algo dijeron de que en Veracruz hay que tener una de esas para ocasiones especiales. ¿Tú tienes una?
-Sí, pero tiene una semana en le bote de la ropa sucia.
-¿Cuánto tiempo tiene que llegaste a Cancún? ¿De qué la giras?
-Tres semanas, ando buscando trabajo en cosas de publicidad o de plano formar una banda para tocar en antros.
-No te ofendas, pero a eso viene a Cancún el 80 por ciento de la gente que conozco –dijo Danny prendiendo otro cigarro con la colilla del anterior-.
-Sí, supongo y no me ofendo, de haber sabido que en toda la ciudad no hay drenaje igual ni hubiera venido.
-Tampoco es tan grave, ¿no?, se puede vivir.
-Sí, cuando se tiene trabajo no creo que haya inconveniente, ¿tú estudias?
-No, soy mesera de un bar, tres noches por semana, 150 pesos por noche, que se convierten en 800 con propinas –explicó sonriendo mientras sacaba el tercer cigarro en 5 minutos-.
-Oras, buen pedo. ¿Y siempre fumas tanto?
-Sí, si no me los fumo yo, otro lo hará por mí y de todas formas me hará daño.
-Buen punto, y a todas estas, ¿cuántos años tienes?
-Doce, y a todas estas ¿has tenido sexo anal en una alberca?

III)

El Jarocho ni de Veracruz era, nomás porque los dominantes genes de su papá, nacido en Tuxpan, habían dejado sus huellas en el color de la piel y el pelo chino del niño nacido en Ciudad Netzahualcóyotl, desde el kinder Héctor Torres tuvo que acostumbrarse al apodo.
Había vivido toda su vida en la tercera sección de la colonia López Mateos, juntito al Bordo de Xochiaca, a los 10 años ya sabía manejar y a los 13 ya podía robar un coche él solito, un prodigio.
A los 16 años el estacionamiento de Plaza Aragón ya era de su dominio y en sus ratos libres asaltaba los bancos de la plaza. El secreto, según él mismo, era tener un grupo compacto, poquitos cabrones pero con muchos güevos, que además tuvieran un trabajo menos delictivo –que no totalmente honesto- (como meterse a casas a robar o revender cosas robadas de tercera o cuarta mano); dos que tres contactos en la PGR, por si las moscas; que él fuera el único inteligente del grupo y dos o tres semanas de estudio de cada sucursal.
En estos tiempos en los que los asaltos ya son electrónicos ya nadie espera que tres cabrones entren a una sucursal con una granada de mano gritando que a todos se los va a llevar la chingada, junten a todos los cuenta habientes en un rincón y vuelen una pared –la verdad nomás para apantallar porque el gerente siempre amablemente accedía a entregar hasta la última moneda de 10 centavos-, la sorpresa es un factor invaluable.
86 asaltos, todos exitosos –con excepción tal vez de ese del que sacó una amante exigente y que ahora creía que él era un poca cosa-, ni él ni sus cuatro ayudantes habían visto nunca su foto en las noticias.
El Jarocho y el Tiburón dejaron la Suburban azul marino en el estacionamiento público de la cabeza de Juárez, y se unieron al Aretes –sus 17 piercings lo delataban- y el Billy que tripulaban la van blanca, rotulada con la publicidad de “Lonas El Machín”, empresa que ofrecía venta, renta y mantenimiento de ring de box.
La función de box no había terminado todavía, pero podían pasar por la aduana para agilizar el trámite –les anunció el guardia de la entrada principal por la que todavía desfilaban señoras con bolsas de mandado olientes a comida y niños con pelotas; la puerta lateral de reclusorio, que conducía al patio donde estaba el ring, se abrieron y la camioneta entró al penal y no se detuvo hasta que chocó contra el cuadrilátero del que salieron volando los dos contendientes que apenas se habían podido pegar un par de golpes.
Mientras toda la concurrencia –presos y visitas- corrían hacia la zona de celdas para protegerse, seis reclusos trataban de alcanzar la camioneta que ya había echado marcha atrás y ahora maniobraba para enfilarse a la puerta extrañamente abierta de par en par, envuelta en una nube de espeso humo.
En 3 minutos la Van blanca, sin un solo impacto de bala y ya sin rótulos de negocios de renta de lonas volaba por la calzada Ermita Iztapalapa con 6 fugados del Reclusorio Oriente amarrados de las manos y amordazados con paliacates de colores y 4 integrantes de un equipo de fútbol que venían de jugar en los campos de la Magdalena Mixuca.
Terso y sin rasguños, pensó el Jarocho, para después concentrarse en la mujer que conoció durante su décimo asalto, de la que había estado enamorado 7 años, a la que había mandado a la escuela, y que una semana antes le había dicho que se iba a vivir a Suecia con un hijo de su puta madre, español, doctor en Psicología Industrial y que cogía mejor que él, porque a él, a Héctor Torres, lo consideraba poca cosa.

IV)

El trasero de una niña de 12 años se veía azuloso debajo el agua, éste iba y venía fulminante, no hacía pausas, como si los movimientos fueran tan calculados o ensayados que no hubiera manera de hacerlos mal, de perder el ritmo.
Cuando el vértigo se lo permitía, De Luna agarraba a Danny por las caderas y trataba de darles un ritmo menos aeróbico y más erótico, pero no era posible, otras veces la tomaba por lo senos, el resultado era el mismo. La niña apenas y reparaba en que detrás de ella estaba alguien, si acaso tendría la idea de que había un instrumento al que le daba uso, mantenía los ojos cerrados, si acaso de vez en cuando se agarraba de la orilla de la alberca para evitar perder el equilibrio, estaba parada de puntitas.

-Yo te salgo gratis, De Luna, -dijo Danny dejando salir el humo del cigarro por la nariz mientras caminaban-, no tienes que invitarme cervezas para que duerma contigo, mis cigarros los puedo pagar yo.
-No quiero sonar a tu papá, pero ¿desde cuándo fumas?
-Desde los 9.
-Supongo que lo sabes, pero pareces de 20 años, por lo menos.
-A los 9 parecía de 17.
-Me imagino.
-¿Sabes lo que es tener tetas a los 8 años y medio? No, no creo –dijo Danny en medio de una carcajada.
-Se me ocurren como cien cosas que preguntarte
-Si no me preguntas ni una te las respondo todas, nomás no te vayas a quedar dormido a la cuarenta y tantos, cien cosas no se platican en media hora y tienes cara de cansado.
-Si pasamos por algo de cenar y unas coca colas aguanto hasta mañana.
-Hecho.

Nos juntábamos cuatro niñas, a los 9 años no se puede ser otra cosa, tengas el cuerpo que tengas. A los 8 años empecé a robarle cigarros a mi mamá, me gustaba verla fumar, no la quería, pero me parecía como una escena de película, ella sentada en un sillón, llorando todo el tiempo, fumando sin parar.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Este es sencillamente fabuloso. Felicidades.